
Del mismo autor
Elizabeth Peredo Beltrán
15 de diciembre de 2010 por Elizabeth Peredo Beltrán
Para muchos el Acuerdo de Cancún es
positivo, probablemente porque es mas fuerte la necesidad de mantener la
idea de que “hubo algún resultado” que analizar verdaderamente el
contenido y las consecuencias del mismo.
Para nosotros y nosotras, quienes nos identificamos con los postulados
de la justicia climática y los contenidos del Acuerdo de los Pueblos, es
un texto que en sencillas palabras mantiene la esencia del Entendimiento
de Copenhagen dejando en la ambigüedad los aspectos más vitales de un
acuerdo climático basado en la ciencia y la equidad que esté a la altura
de las necesidades actuales que plantea la crisis del planeta.
El acuerdo no establece compromisos vinculantes, empodera al Banco
Mundial abriendo la posibilidad de mayor privatización, endeudamiento y
condicionalidades, establece fondos insuficientes para responder a los
impactos del calentamiento global y sus medidas de adaptación y arriesga
a la humanidad a una elevación de temperatura promedio por encima de los 2º.
Cuando la gente demandaba un acuerdo efectivo en Cancún, no hablaba de
un acuerdo a cualquier costo. Esa no era la idea. Lejos de avanzar para
responder con responsabilidad al cambio climático, se ha entregado
abiertamente al “capitalismo salvaje” y sus instituciones la gestión de
una crisis de grandes dimensiones que compromete la vida de millones de
personas.
Aunque el resultado se postula como la salvación del multilateralismo,
paradójicamente pone en vigencia el formato de “compromisos voluntarios”
que es el “corazón” del Acuerdo de Copenhagen y arriesga a que en el
futuro –como dijimos antes- los argumentos de la “urgencia” y la debacle
del planeta ante el cambio climático justifiquen ya cualquier salida,
mejor si autoritaria, mejor si mercantil, mejor si excluyente, mejor si
sólo mantiene el statu quo de las élites. Es decir, adiós al
multilateralismo.
La voluntad de miles de personas empeñadas en avanzar con la justicia
climática, la justicia social y el equilibrio con la naturaleza fue
burlada en un acuerdo pobre, que ni siquiera buscó clarificar los
contenidos específicos de las metas de reducción y sin asegurar la
vigencia del segundo período del Protocolo de Kyoto que tiene el mérito
de establecer responsabilidades y compromisos diferenciados entre países
desarrollados y en desarrollo.
En ese “clima” de engañoso consenso, las posiciones de principio, que
reclamaron un acuerdo justo basado en la evidencia de la ciencia y en la
necesidad de honrar la deuda climática acabaron siendo juzgadas como
¨radicales”. Ahora resulta que es “radical” respetar los principios de
la Convención, que las responsabilidades históricas pasaron de moda, que
la urgencia que demanda la ciencia es incongruente.
Mientras tanto la primera semana de la COP 16 el Foro Mundial de
Vulnerabilidad lanzaba un informe que reporta que en 2010 al menos
350.000 personas han muerto por impacto directo del cambio climático y
que en 2030 podríamos estar hablando de 1.000.000 de muertes en el
mundo. Ya estamos hablando de un genocidio y no hay término más
apropiado que éste pues esas muertes no son fruto de un castigo que cae
del cielo, son fruto de la acumulación de emisiones de gases de efecto
invernadero en la atmósfera desde principios de la era industrial, que
se ha agudizado desde hace unas 4 décadas y que bajo la Convención y el
Protocolo de Kyoto y los reportes científicos del IPCC tiene
responsables con nombre y apellido. Nosotros exigimos a los gobiernos
que digan la verdad, que expliquen a sus pueblos las consecuencias del
cambio climático, las promesas de un futuro seguro no son suficientes,
lo que cuenta ahora son los hechos y las medidas reales para parar esta
destrucción.
Muchos ahora se rasgan las vestiduras afirmando que los que más
contaminan hoy son los países emergentes, que para nosotros no son
ningún modelo, y que en el futuro los mayores contaminadores serán los
países en desarrollo y argumentan que eso quita vigencia a los acuerdos
de NNUU sobre el clima. Pero es fácil ahora acusarlos sin mencionar la
deuda histórica ni los negocios que las empresas de occidente hacen en
esos países aprovechando las condiciones favorables a sus intereses y la
mano de obra barata que existe en esos países. Son precisamente las
profundas asimetrías y el uso de las leyes del capital como las de
propiedad intelectual y las reglas de inversión las que han facilitado a
estos países ubicarse a años luz en tecnologías y matrices energéticas
de bajo carbono.
Eso es lo que está en juego en las negociaciones, pero se prefiere
mostrar una cáscara frágil para mantener el adormecimiento y la cultura
de la impunidad que nos consume.
Los impactos los viviremos con mayor vulnerabilidad en los países del
sur y, como siempre, serán los pueblos los que van a poner el hombro,
siempre lo hacen, así como en Europa los trabajadores están sufriendo
los impactos del ajuste perdiendo sus derechos laborales, así como los
estudiantes europeos ven cada vez menores sus posibilidades y derechos
de educación, así como los inmigrantes estan sobrellevando la
hostilidad, así como las mujeres cuidan de la vida, así como los pueblos
indígenas defienden sus territorios, así como los miles de damnificados
por las inundaciones y sequías están luchando por sobrevivir.
La solución está en los pueblos, y me atrevo a decir que la agenda
propuesta por el Acuerdo de los Pueblos ha planteado una línea de
trabajo fruto de una acumulación de luchas de experiencia y propuesta,
es un espacio que con mayor legitimidad se atrevió a decir la verdad.
Nos queda hoy construir solidaridad para enfrentar la crisis y proteger
a los más vulnerables, mantener la digna lucha por la justicia climática
y terminar con la lógica de la impunidad.
Elizabeth Peredo Beltrán es directora de la Fundación Solón, Bolivia.
Fuente: Alainet