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Lula y Kirchner: La ocasión perdida
por Raúl Zibechi
2 de julio de 2004

Hace justo un año, los gobiernos líderes del Cono Sur dejaron pasar una oportunidad de oro para consolidar alguna forma de gestión posneoliberal o verdaderamente progresista. Luiz Inácio Lula da Silva arrancó a comienzos de enero de 2003 con un océano de expectativas a favor, y en mayo Néstor Kirchner comenzaba a sorprender con decisiones largamente esperadas, como el pase a retiro de las cúpulas militar y policial. El termómetro de la esperanza subió varios grados, a tal punto que los más optimistas -sobre todo en el entorno del ministro de Economía argentino, Roberto Lavagna- auguraban un bloque conjunto entre Argentina y Brasil para hacer frente al FMI y, en el mejor de los casos, podía esperarse hasta un default conjunto que haría temblar a los acreedores.

El 16 de octubre, ambos presidentes firmaron el Consenso de Buenos Aires, durante la visita a Lula a Argentina, un documento tan general y extenso como ambiguo, en el que se proponían “garantizar a todos los ciudadanos el pleno goce de sus derechos y libertades fundamentales, incluido el derecho al desarrollo, en un marco de libertad y justicia social”. Aunque había abundantes referencias al Mercosur y a la integración regional -se apostaba al multilateralismo y se mostraban reticencias respecto al ALCA-, se optó por dejar fuera la cuestión de la deuda externa. Cuando Argentina debió enfrentar en solitario una dura negociación con el FMI a comienzos de este año, el gobierno Lula se limitó a una vaga declaración diplomática.

A estas alturas, ambos gobiernos afrontan problemas internos que les quitan oxígeno y margen de maniobra para intentar siquiera recuperar el tiempo perdido: dejaron pasar en momento del viento a favor sin encarar la menor reforma estructural. Pese a las diferencias que mantiene Kirchner con las privatizadas del sector petrolero y los ferrocarriles, no está en la agenda la posibilidad de promover reestatizaciones. El caso de Lula es, si se quieren, más grave aún. El sociólogo Octavio Ianni sintetizó en una reciente entrevista su visión de la gestión petista con un aserto lapidario: “Asumieron el gobierno y no saben para qué lado va el barco. Están atónitos. Son personajes de una nave de enloquecidos”.

¿Exageraciones?

El propio Lula reconoció, en entrevista publicado el 22 de junio por Página 12, que en 2003 Brasil pagó 47.900 millones de dólares en concepto de intereses de su deuda. El 70% de las exportaciones anuales. “Logramos un superávit fiscal del 4,25 por ciento del PBI y con ello sólo conseguimos pagar 20.000 millones de dólares, el resto tuvimos que reprogramarlo. Es decir, el superávit no alcanza para pagar los enormes intereses”, añade el presidente de Brasil. Así y todo, su gobierno no tiene la menor duda en que deben pagarse puntualmente los intereses de la deuda.

Con ese panorama, no puede resultar extraño que la popularidad del gobierno brasileño haya caído a niveles que hacen muy difícil la reelección de Lula en 2006. Partió con un índice superior al 60% de aprobación, cayendo en junio de este año al 29%, por debajo del menor nivel de aprobación de la primera presidencia de Fernando Henrique Cardoso, que fue del 33%. La principal promesa de Lula fue el combate al desempleo, pero el 67% de los entrevistados por el Instituto Sensus, encuesta difundida el 22 de junio, dicen que el principal problema del país es, justamente, el desempleo. Ahora Lula tiene un margen cada vez más estrecho. Está en plena campaña electoral para las municipales de octubre, de cuyo desenlace -sobre todo en la ciudad de San Pablo- depende el futuro de su gobierno. No es este el momento para ensayar cambios.

Para Kirchner se terminó también la luna de miel. La crisis institucional argentina, que lo catapultó a la Casa Rosada, mantiene todo su potencial desestabilizador. Hace diez días los vecinos del barrio de Palermo, de clase media alta, quemaron una comisaría en respuesta al asesinato de un joven bajo la modalidad policial conocida como “gatillo fácil”. La portada del diario Página 12 del viernes 25 es todo un homenaje a la crisis de credibilidad de las instituciones: una patrullero volcado y en llamas, fue la respuesta vecinal en el barrio Isidro Casanova, una zona destruida por la desocupación, a la muerte de un joven en una discoteca, al parecer a manos de los guardias de seguridad. Para un abogado del CELS, organismo de derechos humanos, las reacciones son un efecto de las políticas de mano dura sobre los sectores populares.

Hace un año, en los dos países más importantes de la región, se habían instalado gobiernos que podían encarar cambios de fondo. Implementar políticas económicas no neoliberales en Brasil, en base a redireccionar el aparato productivo hacia el mercado interno, promoviendo un crecimiento endógeno. En Argentina, la agenda consistía en cerrar la crisis de legitimidad de las instituciones, promover la inclusión de millones de excluidos en la década menemista y empezar a reconstruir parte del aparato industrial devastado. En ambos casos, un año después el panorama es desalentador: Kirchner y Lula desaprovecharon el momento más favorable para las izquierdas en muchas décadas, y se dedicaron a poner parches y paños tibios donde debían aplicar cirugía mayor. A partir de noviembre, cuando en Washington se cierre el impase provocado por las elecciones, pueden empezar a arrepentirse del tiempo perdido.


Fuente: La Jornada, 28-06-04.

Raúl Zibechi