10 de febrero por Adam Hanieh

«Trump» by Cowgirl111 is licensed under CC BY-NC-SA 2.0.
Para comprender el imperialismo actual, es imprescindible poner de relieve las transferencias de valor entre los países periféricos y centrales, pero también el declive relativo de Estados Unidos, la influencia de los Estados del Golfo y sus crecientes exportaciones con China, o incluso el papel de Israel en Oriente Medio, es decir, en el capitalismo fósil mundial.
Sin duda sigue siendo válido y hay mucho que aprender tanto de los autores clásicos sobre el imperialismo, como Vladimir Lenin, Nikolái Bujarin y Rosa Luxemburgo, como de las contribuciones y debates posteriores, incluidos los de los marxistas anticolonialistas de los años sesenta y setenta.
En términos muy generales, defino el imperialismo como una forma de capitalismo mundial basada en la extracción y la transferencia continua de valor de los países pobres (o periféricos) a los países ricos (o centrales), y de las clases de los países pobres a las clases de los países ricos. Creo que existe una tendencia a reducir el imperialismo a un simple conflicto geopolítico, a la guerra o a la intervención militar. Pero sin esta idea central de transferencia de valor, no podemos entender el imperialismo como una característica permanente del mercado mundial que opera incluso en períodos supuestamente «pacíficos».
Los medios por los que se producen estas transferencias de valor son complejos y requieren una reflexión profunda. La exportación de capital en forma de inversiones extranjeras directas a los países dominados es uno de los mecanismos. El control directo y la extracción de recursos es otro. Pero también debemos examinar los diversos mecanismos y relaciones financieras que se han generalizado desde la década de 1980, por ejemplo, los pagos del servicio de la deuda
Deuda
Deuda multilateral La que es debida al Banco Mundial, al FMI, a los bancos de desarrollo regionales como el Banco Africano de Desarrollo y a otras organizaciones multilaterales como el Fondo Europeo de Desarrollo.
Deuda privada Préstamos contraídos por prestatarios privados sea cual sea el prestador.
Deuda pública Conjunto de préstamos contraídos por prestatarios públicos. Reescalonamiento. Modificación de los términos de una deuda, por ejemplo modificando los vencimientos o en relación al pago de lo principal y/o de los intereses.
realizados por los países del Sur.
También existen diferencias en el valor de la fuerza de trabajo entre los países del centro y los de la periferia, algo que analizaron los teóricos del imperialismo de los años sesenta y setenta, como Samir Amin y Ernest Mandel. El intercambio desigual en el comercio es otra vía. Y la mano de obra migrante es otro mecanismo muy importante a través del cual se realizan las transferencias de valor. Reflexionar sobre estas múltiples formas nos permite comprender mejor el mundo actual, más allá de la simple cuestión de la guerra o los conflictos interestatales.
Abordar el imperialismo a través de estas transferencias de valor permite revelar quién se beneficia de él. Lenin destacó el capital financiero, que era el resultado del control cada vez más integrado del capital bancario y del capital industrial o productivo. Esto sigue siendo válido, pero hoy en día es más complicado, ya que algunas capas de la burguesía dominada en la periferia se han integrado parcialmente en el capitalismo del centro.
No solo suelen tener la nacionalidad de estos países, sino que se benefician de estas relaciones imperiales. También hay mucha más propiedad transfronteriza del capital y el auge de las zonas financieras extraterritoriales dificulta mucho más el seguimiento del control y los flujos de capital. Para comprender el imperialismo actual, es necesario comprender mejor quién se beneficia de esta integración en los principales centros de acumulación de capital y cómo están conectados los diferentes mercados financieros.
Una tercera característica que se deriva de estas transferencias de valor es el concepto de aristocracia obrera. Este concepto, que se remonta a Karl Marx y Friedrich Engels, ha sido importante para debatir sobre el colonialismo y el imperialismo, pero a menudo se malinterpreta o se deja de lado en el pensamiento marxista contemporáneo.
Si vamos más allá del folleto de Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, para examinar sus otros escritos sobre el imperialismo, vemos que prestó especial atención al análisis de las implicaciones políticas de las relaciones imperiales en la creación de capas sociales en los países centrales cuya política se alineó y conectó con su propia burguesía. Esta idea sigue siendo válida y debe volver a ponerse de relieve. En Gran Bretaña, por ejemplo, permite explicar el carácter claramente proimperialista del Partido Laborista británico.
Una de las características del imperialismo contemporáneo que no estaba bien teorizada a principios del siglo XX es la forma en que la dominación imperial está necesariamente ligada a ideologías racistas y sexistas particulares, que contribuyen a justificarla y legitimarla. Podemos verlo hoy en día en el contexto de Palestina.
Es realmente importante integrar el antirracismo y el feminismo en nuestra forma de pensar sobre el capitalismo, el antiimperialismo y las luchas antiimperialistas. Neville Alexander [1936-2012, que estuvo encarcelado de 1964 a 1974 en Robben Island] lo hizo en el contexto sudafricano, al igual que Walter Rodney [1942-1980, fecha de su asesinato], un marxista anticolonialista de Guyana, y Angela Davis en Estados Unidos.
Desde principios de la década de 2000, hemos asistido al surgimiento de nuevos centros de acumulación de capital fuera de Estados Unidos. China se encuentra a la vanguardia. Inicialmente, esto estaba relacionado con los flujos de inversión extranjera directa en China y en la región más amplia de Asia Oriental, con el objetivo de explotar la mano de obra barata en el marco de una reorganización de las cadenas de valor globalizadas. Pero desde entonces, el auge de China se ha asociado a un debilitamiento relativo del capitalismo estadounidense en un contexto de crisis mundiales profundas y cada vez más graves.
Esta erosión relativa del poder de Estados Unidos puede observarse a través de diferentes indicadores. En las últimas tres décadas, el dominio estadounidense sobre las tecnologías, las industrias y las infraestructuras clave se ha debilitado. La disminución de la participación de Estados Unidos en el PIB
Producto interno bruto
PIB
El PIB es un índice de la riqueza total producida en un territorio dado, estimada sobre la base de la suma de los valores añadidos.
mundial, que pasó del 40 % a alrededor del 26 % entre 1985 y 2024, es un indicio de ello.
También se ha producido un cambio relativo en la propiedad y el control de las mayores empresas capitalistas del mundo. El número de empresas chinas que figuran en la lista Global Fortune 500, por ejemplo, superó al de empresas estadounidenses en 2018 y se mantuvo así hasta el año pasado, cuando Estados Unidos recuperó el liderazgo (139 empresas estadounidenses frente a 128 chinas). La presencia de China en esta lista, en 2000, se limitaba a 10 empresas.
Si bien el ascenso de China se ha producido en gran medida a expensas de las empresas japonesas y europeas, también se ha observado una disminución del control estadounidense sobre las grandes empresas: en los últimos 25 años, la cuota de Estados Unidos en la clasificación Global Fortune 500 ha pasado del 39 % al 28 %.
Es importante señalar que estos signos de declive relativo de Estados Unidos se reflejan a nivel nacional. El capitalismo estadounidense se enfrenta a graves problemas sociales: descenso de la esperanza de vida, encarcelamiento masivo, falta de vivienda, salud mental y colapso de las infraestructuras esenciales. El neoliberalismo y la polarización extrema de la riqueza han destrozado la capacidad del Estado para responder a crisis importantes, como se ha visto con la pandemia de Covid y, más recientemente, durante la temporada de huracanes de 2024 y los incendios de Los Ángeles en enero de 2025.
Pero debemos subrayar el relativo debilitamiento del poder estadounidense. No creo que el colapso inminente del dominio de Estados Unidos esté a la orden del día. Mantienen una ventaja militar considerable sobre sus rivales, y la centralidad del dólar estadounidense no se ve cuestionada.
Este último es una fuente importante de poder estadounidense, ya que permite a Estados Unidos excluir a sus competidores de los mercados financieros y del sistema bancario estadounidenses (algo especialmente evidente desde el 11 de septiembre). Gran parte del poder geopolítico de Estados Unidos gira en torno a su dominio financiero, otra razón por la que debemos considerar el imperialismo más allá de sus formas militares.
También hay una visión más amplia de estas rivalidades globales que debemos destacar: las múltiples crisis interconectadas que marcan hoy en día el capitalismo a escala mundial. Lo vemos en el estancamiento de las tasas de beneficio Beneficio Resultado contable positivo neto fruto de la actividad de una sociedad. El beneficio neto es el beneficio después de impuestos. El beneficio a distribuir es la parte de aquél que puede ser repartido entre los accionistas. y los importantes volúmenes de capital excedente en busca de valorización; el enorme aumento de la deuda pública y privada; la sobreproducción en muchos sectores económicos; y la dura realidad de la emergencia climática.
Por lo tanto, cuando hablamos de la dinámica del sistema imperialista mundial, no se trata simplemente de rivalidades entre Estados y de medir la fuerza de Estados Unidos en relación con otras potencias capitalistas. Debemos situar estos conflictos en el contexto de la crisis sistémica a más largo plazo que todos los Estados están tratando de superar.
Algunos comentaristas liberales suelen describir a Trump como una especie de loco egoísta que supervisa una administración secuestrada por multimillonarios de extrema derecha (o secretamente dirigida por Rusia). Creo que esta perspectiva es errónea. Independientemente del narcisismo personal de Trump, él representa un proyecto político claro que aborda los problemas generales que acabo de mencionar: ¿cómo gestionar el declive relativo de Estados Unidos en el contexto de las crisis sistémicas más importantes a las que se enfrenta el capitalismo mundial?
Si sigues los debates entre sus asesores económicos, encontrarás pruebas de ello. Un ejemplo especialmente revelador es un largo análisis [Hudson Bay Capital: «A User’s Guide to restructuring the Global Trading
Actividades de mercado
Trading
Operación de compra y venta de productos financieros (acciones, futuros, productos derivados, opciones, warrants, etc.) realizada con la esperanza de obtener un beneficio a corto plazo.
system, november 2024»] escrito en noviembre de 2024 por Stephen Miran, un economista que acaba de ser confirmado como presidente del Consejo de Asesores Económicos de Trump.
Miran afirma que la economía de Estados Unidos se ha reducido en relación con el PIB mundial en las últimas décadas, mientras que Estados Unidos soporta el coste de mantener el «paraguas de defensa» mundial frente a las crecientes rivalidades entre Estados. Sobre todo, afirma que el dólar está sobrevalorado debido a su papel como moneda de reserva internacional, lo que ha erosionado la capacidad de producción estadounidense.
Propone resolver este problema amenazando con imponer aranceles para obligar a los aliados de Estados Unidos a asumir una mayor parte de los costes del imperio. Según Miran, esto contribuirá a devolver la industria manufacturera a Estados Unidos (un elemento importante en caso de guerra). Propone una serie de medidas para limitar los efectos inflacionistas de este plan y mantener el dólar como moneda dominante a pesar de la esperada devaluación Devaluación Modificación a la baja del tipo de cambio de una moneda frente a otras divisas. (subraya explícitamente la importancia del dólar estadounidense para proyectar y garantizar el poder de Estados Unidos). Este tipo de perspectiva es defendida por la administración Trump, incluido el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin [antiguo empleado de Goldman Sachs de 1985 a 2002 —donde su padre era un alto directivo— y posteriormente director de un fondo especulativo].
Lo esencial no es saber si este plan funciona o si es económicamente sensato, sino comprender las motivaciones que lo sustentan. Está concebido explícitamente como un medio para hacer frente a los problemas a los que se enfrenta el capitalismo estadounidense e internacional, y para reafirmar la primacía de Estados Unidos repercutiendo sus costes en otras zonas del mundo.
La administración de Joe Biden ha propuesto diferentes soluciones, pero se ha topado con los mismos problemas, hablando abiertamente de intensificar la «competencia estratégica» y de la necesidad de encontrar formas para que Estados Unidos «mantenga sus ventajas fundamentales en la competencia geopolítica» («The Sources of American Power. A Foreign Policy for a Changing World», Jake Sullivan, Foreign Affairs, noviembre-diciembre de 2023).
Por lo tanto, debemos abordar la administración Trump como actores con un proyecto coherente. Es evidente que este proyecto genera numerosas contradicciones y tensiones internas, así como desacuerdos evidentes por parte de algunos sectores del capital estadounidense y de aliados históricos. Pero estas tensiones también reflejan la naturaleza muy inestable del capitalismo mundial en la actualidad.
La articulación nacional del proyecto, como suele ocurrir en tiempos de crisis, se basa en la designación de chivos expiatorios, es decir, en un racismo virulento y actitudes antimigrantes, un irracionalismo anticientífico, la negación del cambio climático y políticas ultraconservadoras en materia de género y sexualidad. Todos estos tipos de tropos ideológicos sirven para promover el nacionalismo, el militarismo y la sensación de que el país está sitiado. Permiten aún más represión estatal y recortes en el gasto social.
Por supuesto, esto no se limita a Estados Unidos. El resurgimiento mundial de estas ideologías de extrema derecha es una indicación más de que nos enfrentamos a una crisis sistémica más importante a la que se enfrentan todos los Estados capitalistas.
Quiero volver a destacar la urgencia climática. Podemos ver cómo la administración Trump está desmantelando las regulaciones medioambientales y tratando de acelerar la producción nacional de petróleo y gas para reafirmar el poder del capitalismo estadounidense (reduciendo los costes energéticos). Pero también está muy claro que estamos entrando en una fase de colapso climático en cadena e impredecible, que tendrá un impacto material en miles de millones de personas en las próximas décadas.
La derecha puede negar la realidad del cambio climático, pero en última instancia es porque el capitalismo no puede permitir que nada afecte a la acumulación de capital. Debemos situar la cuestión climática en el centro de nuestra política actual, ya que estará cada vez más presente en todos los ámbitos.
Debemos situar la relación entre Estados Unidos e Israel en el contexto de la región en sentido amplio, y no solo a través del prisma de lo que ocurre dentro de las fronteras de Palestina o de las motivaciones de los dirigentes israelíes. Para ello es necesario poner de relieve el imperialismo estadounidense (véase este artículo de junio de 2024 sobre el último libro de Adam Hanieh publicado en el sitio web alencontre.org) y el papel central de la región en el capitalismo fósil internacional.
El ascenso de Estados Unidos como potencia capitalista dominante ha estado estrechamente relacionado con la adopción del petróleo como principal fuente de energía fósil a mediados del siglo XX. Esto ha otorgado al Oriente Medio un papel muy importante, como centro de las exportaciones mundiales de petróleo y zona crucial de producción de energía, en el proyecto global de Estados Unidos.
En Oriente Medio, Israel ha sido un pilar esencial de la influencia de Estados Unidos, especialmente después de la guerra [árabe-israelí] de 1967, en la que demostró su capacidad para derrotar a los movimientos nacionalistas árabes y las luchas anticoloniales. En este sentido, Estados Unidos siempre ha estado al mando de esta relación regional, y no Israel, y mucho menos un lobby
Lobby
Lobbies
Los lobbies son grupos de presión de interés privado, que defienden la mayor parte del tiempo los intereses de grupos industriales o financieros. Se cuentan unos 40.000 lobbistas en Washington
proisraelí.
El otro pilar del poder de Estados Unidos en Oriente Medio han sido los Estados del Golfo, en particular Arabia Saudí. Desde mediados del siglo XX, Estados Unidos ha establecido una relación privilegiada con las monarquías del Golfo, actuando como apoyo a su supervivencia siempre y cuando permanecieran en el sistema más amplio de alianzas regionales de Estados Unidos.
Esto significaba garantizar el suministro de petróleo al mercado mundial y velar por que el petróleo nunca se utilizara como «arma». También significaba que los miles de millones de dólares que ganaban los Estados del Golfo con la venta de petróleo se reinvertían en gran parte en los mercados financieros occidentales.
Pero, al igual que su estatus mundial, el dominio de Estados Unidos en la región se ha erosionado en las últimas dos décadas. Esto se refleja en el papel cada vez más importante de otros Estados ajenos a la región (como China y Rusia) y en la lucha de las potencias regionales por ampliar su influencia (por ejemplo, Irán, Turquía, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos) . Es importante señalar que también se ha producido un desplazamiento hacia el este de las exportaciones de petróleo y gas del Golfo, que ahora se dirigen principalmente a China y Asia oriental, en lugar de a los países occidentales.
En respuesta, Estados Unidos ha tratado de acercar a sus dos principales aliados regionales normalizando las relaciones políticas, económicas y diplomáticas entre los Estados del Golfo e Israel. Este proyecto se remonta a varias décadas, pero se intensificó en el marco de los acuerdos de Oslo en la década de 1990. Más recientemente, Israel normalizó sus relaciones con los Emiratos Árabes Unidos y Baréin mediante los Acuerdos de Abraham de 2020. Ese mismo año, Israel también normalizó sus relaciones con Sudán y Marruecos. A estos importantes pasos les siguió en 2022 la firma de un acuerdo de libre comercio entre los Emiratos Árabes Unidos e Israel.
Debemos interpretar las acciones de Israel y el genocidio en Gaza a través de este prisma. Incluso ahora, tras el 7 de octubre y el genocidio, y mientras se habla de expulsar a más palestinos de sus tierras, el objetivo de Estados Unidos sigue siendo la normalización de las relaciones entre Israel y los Estados del Golfo para reafirmar su primacía en la región.
Las propuestas de Trump a favor de una limpieza étnica de Gaza encuentran claramente eco en gran parte del espectro político israelí. Sin embargo, existen numerosos obstáculos para ello, empezando por el hecho de que Estados como Jordania y Egipto no quieren ver a tantos refugiados palestinos desplazados a su territorio.
Pero países como Arabia Saudí, Jordania y Egipto no están fundamentalmente en desacuerdo con el proyecto de Estados Unidos. En principio, la monarquía saudí no tiene ningún problema en normalizar sus relaciones con Israel, y sin duda ha dado luz verde a los Emiratos Árabes Unidos para que lo hagan en el marco de los Acuerdos de Abraham.
Existe una alineación extremadamente estrecha entre Estados Unidos y los Estados del Golfo, que se está acelerando bajo el mandato de Trump. Esto se puede ver en el hecho de que Arabia Saudí acoge las actuales negociaciones entre Estados Unidos y Rusia, y en el reciente anuncio de los Emiratos Árabes Unidos de su intención de invertir 1,4 billones de dólares estadounidenses en Estados Unidos durante la próxima década.
Al mismo tiempo, es evidente que resulta muy difícil que este proyecto avance sin la derrota de los palestinos en Gaza y otros lugares, y sin algún tipo de aquiescencia palestina. La posible solución a este dilema se encuentra en Cisjordania, en forma de la Autoridad Palestina (AP). La AP es esencial porque ha creado una capa de políticos palestinos y una clase capitalista palestina cuyos intereses están vinculados a un compromiso con Israel y que están dispuestos a facilitar la normalización regional (ese era el objetivo de los acuerdos de Oslo).
Por lo tanto, no debemos considerar que los Estados árabes se oponen genéticamente a la limpieza étnica y a la normalización tal y como las propone Trump.
En las últimas dos décadas, hemos asistido al surgimiento de grandes compañías petroleras nacionales, que están cambiando la dinámica de la industria petrolera mundial. Los Estados del Golfo destacan en este sentido, en particular con Saudi Aramco, el mayor productor y exportador de petróleo del mundo en la actualidad, que ha superado a las grandes empresas occidentales que dominaron la industria durante la mayor parte del siglo XX.
Estas compañías petroleras nacionales han seguido el ejemplo de las supergrandes petroleras occidentales integrándose verticalmente. En la década de 1970, los Estados productores de petróleo, como Arabia Saudí, se centraban principalmente en la extracción de crudo en la fase inicial. Pero hoy en día, sus compañías petroleras nacionales operan en toda la cadena de valor. Participan en el refinado y la producción de productos petroquímicos y plásticos. Son propietarias de compañías marítimas, oleoductos, petroleros y estaciones de servicio donde se venden los combustibles. Disponen de redes de comercialización mundiales.
Al mismo tiempo, hemos asistido al surgimiento de lo que en mi libro Crude Capitalism denomino «el eje Este-Este de los hidrocarburos ». Con el auge de China, las exportaciones de petróleo del Golfo se han desviado de Europa occidental y Estados Unidos para dirigirse hacia el este, más concretamente hacia China y Asia oriental. No solo hablamos de la exportación de crudo, sino también de productos refinados y petroquímicos. Esto ha dado lugar a una creciente interdependencia entre estas dos regiones, que ahora constituyen el eje central de la industria petrolera mundial fuera de Estados Unidos.
Esto no significa que los mercados occidentales y las compañías petroleras no sean importantes. Las grandes supermajors occidentales siguen dominando en Estados Unidos y en el bloque norteamericano en sentido amplio. Pero hay que reconocer que el mercado mundial del petróleo es un mercado fragmentado, en el que estas conexiones Este-Este reflejan más bien el debilitamiento de la influencia estadounidense, tanto a escala mundial como en Oriente Medio.
No se trata de empresas estadounidenses u occidentales, pero siguen teniendo vínculos importantes con las compañías petroleras occidentales (en particular a través de asociaciones) y operan en los mercados occidentales. La mayor refinería de petróleo de Estados Unidos es propiedad de Arabia Saudí.
Por lo tanto, no deberíamos necesariamente oponernos a ellas, como si hubiera una diferencia fundamental en la forma en que ellas, como «bloque fósil», ven el futuro de la industria. Están absolutamente del mismo lado en lo que respecta a la emergencia climática. Lo vemos en el papel preponderante de los Estados del Golfo, que obstaculizan y desvían cualquier respuesta internacional eficaz a esta emergencia.
Asociados a este relativo debilitamiento del poder de Estados Unidos, otros actores, entre ellos los Estados del Golfo, han tratado de proyectar sus propios intereses regionales.
Han utilizado diversos mecanismos: el patrocinio de diferentes grupos armados o movimientos políticos o la acogida de diferentes fuerzas políticas (el caso de Qatar destaca aquí); la concesión de ayuda financiera a Estados como Egipto y Libia; la intervención militar en países como Yemen y Sudán; y el control de puertos y vías logísticas. De esta manera, los Estados del Golfo han tratado de aumentar su presencia regional.
Esto está relacionado en parte con las consecuencias de las revueltas árabes de 2011, que se extendieron rápidamente por la región y desestabilizaron a líderes autoritarios de larga duración, como en Egipto y Túnez. Los Estados del Golfo han desempeñado un papel importante en el intento de reconstituir estos Estados autoritarios tras las revueltas.
También existen rivalidades entre los Estados del Golfo, en particular entre Arabia Saudí y Qatar, pero también entre Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos. No siempre están de acuerdo en todo y, en ocasiones, apoyan bandos opuestos, como en Sudán, donde Arabia Saudí apoya a las fuerzas armadas sudanesas en la guerra civil en curso, mientras que los Emiratos Árabes Unidos ayudan a las Fuerzas de Apoyo Rápido de Hemeti-Mohamed Hamdan Dogolo.
Sin embargo, a pesar de su relativo declive, Estados Unidos sigue siendo la principal potencia imperialista de la región. Esto es evidente por su presencia militar directa en el Golfo, donde Estados Unidos tiene instalaciones y bases militares en países como Baréin, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos. Estados Unidos sigue siendo la última instancia, tanto militar como política, a la que recurren los regímenes del Golfo.
Si bien el término «subimperialismo» puede reflejar en parte lo que representan estos Estados, los Estados del Golfo no tienen necesariamente la capacidad de proyectar su poder militar de la misma manera que las potencias occidentales.
Esto no significa que no estén reforzando su capacidad militar, pero siguen actuando en gran medida por poder y dependen en gran medida de la protección militar de Estados Unidos. Como he mencionado, hay bases militares estadounidenses por todo el Golfo. Las exportaciones de material militar de los países occidentales a la región refuerzan la supervisión occidental de los ejércitos del Golfo, ya que estas exportaciones requieren formación, mantenimiento y apoyo continuos.
Dicho esto, la exportación de capital del Golfo a la región en general —y cada vez más también al continente africano— es muy evidente. Estas exportaciones de capital reflejan transferencias transfronterizas de valor. También está muy claro que los conglomerados con sede en el Golfo han sido los principales beneficiarios de la ola neoliberal que ha barrido Oriente Medio en las últimas décadas, durante las cuales se han abierto las economías y se han privatizado las tierras y otros activos.
No me refiero solo a los conglomerados públicos del Golfo, sino también a los grandes conglomerados privados. Si se observan sectores como la banca, el comercio minorista o la industria agroalimentaria en la región, se encuentran conglomerados tanto públicos como privados con sede en el Golfo. Por eso es muy importante pensar en la región en el contexto de los intereses capitalistas y los modelos de acumulación de capital, y no solo en el contexto de los conflictos interestatales.
La expresión «eje de resistencia» es engañosa, ya que implica una unanimidad excesiva entre un conjunto de actores bastante heterogéneos con intereses, bases sociales y relaciones políticas diferentes, tanto a nivel nacional como regional. Básicamente, pretende poner un signo más donde [el expresidente estadounidense George W. Bush] puso un signo negativo con su «eje del mal».
Es una forma reduccionista de concebir la política.
Debemos oponernos de forma clara e inequívoca a cualquier forma de intervención imperialista occidental en Irán o en la región en sentido amplio (ya sea directamente o a través de Israel). Esto significa no solo una intervención militar, sino también una intervención económica y otras formas de intervención. Las sanciones son un elemento importante en el caso de Irán.
Al mismo tiempo, debemos reconocer que Irán es un Estado capitalista, con su propia clase capitalista, que tiene sus propios objetivos en la región y más allá. Al igual que los Estados del Golfo, Irán intenta proyectar su poder regional, en este contexto de desestabilización posterior a 2011, de debilitamiento relativo del poder de Estados Unidos y de todo lo que hemos discutido.
Es cierto que Irán lo hace al margen del proyecto estadounidense para la región, como lleva haciendo desde hace décadas. Pero reconocer el carácter capitalista del Estado iraní significa que también debemos solidarizarnos con los movimientos sociales y políticos progresistas reprimidos en Irán, ya sean las luchas obreras y sindicales (que siguen siendo numerosas), las luchas de las mujeres, las luchas del pueblo kurdo, etc. Son movimientos que nosotros, los socialistas, debemos apoyar, en el marco de una política antiimperialista.
El punto de partida es ser sistemáticamente anticapitalistas en nuestra forma de pensar sobre los Estados y los movimientos, lo que significa no dar ningún apoyo político a los gobiernos capitalistas, sean cuales sean y estén donde estén. Podemos ser solidarios con las personas que luchan y, al mismo tiempo, oponernos a la intervención imperialista en todas sus formas, sin reducir las complejidades del capitalismo en Oriente Medio a una especie de geopolítica maniquea.
Fuente: sinpermiso.info, extraída de Contretemps
Traducción: Antoni Soy Casals
es profesor en el SOAS, University of London. Es autor, entre otros títulos, de Money, Markets, and Monarchies: The Gulf Cooperation Council and the Political Economy of the Contemporary Middle East, Cambridge University Press, 2018 y Lineages of Revolt. Issues of Contemporary Capitalism in the Middle East, Haymarket Books, 2013
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