Eje, no pilar: la India en un orden mundial en fragmentación

17 de abril por Sushovan Dhar


«President Trump and the First Lady in India» by The White House is marked with Public Domain Mark 1.0.

Debate principal: Tras el vendaval trumpista

El primer año del regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos ha acelerado una transformación ya en marcha: la desintegración de la globalización neoliberal liderada por Estados Unidos. Desde la década de 1990 hasta el período posterior a 2008, el capitalismo global se organizó a través de una jerarquía estructurada, con el dominio financiero de Estados Unidos, las cadenas de valor globales y las instituciones multilaterales que garantizaban las condiciones para la acumulación de capital. Esa arquitectura se está desmoronando ahora de forma visible.



Lo que está surgiendo se describe a menudo como «multipolaridad», como si se estuviera configurando un orden más equilibrado. Pero este lenguaje oscurece la dinámica central: no es la desaparición de la jerarquía, sino su reorganización bajo una rivalidad inter imperial intensificada. El comercio, las finanzas y la tecnología ya no se rigen principalmente por los imperativos de la integración de los mercados. Están cada vez más subordinados a la competencia estratégica, evidente en los controles a la exportación de tecnologías avanzadas y en los esfuerzos por reestructurar las cadenas de suministro. El cambio no es de la globalización a la fragmentación, sino de circuitos de acumulación relativamente abiertos a una interdepedencia más gestionada y politizada.

El segundo mandato de Trump debe entenderse desde esta perspectiva: como un acelerador más que como una ruptura. El giro hacia el proteccionismo, la reestructuración de las cadenas de suministro y el nacionalismo económico es anterior a su regreso, y tiene sus raíces en la prolongada crisis de rentabilidad y en el desafío estratégico que plantea el auge de China. Lo que ha cambiado es la claridad con la que las grandes potencias están ahora dispuestas a utilizar la interdependencia como arma y a redefinir los términos de la integración global.

En este contexto, la cuestión no es simplemente qué Estado dominará el orden emergente, sino cómo operarán los diferentes Estados dentro de él. Es aquí donde países como la India adquieren una importancia particular: no como centros de poder alternativos, sino como actores que navegan —y buscan ventaja dentro de— las fracturas de una jerarquía global en proceso de recomposición.

Por qué la India importa ahora
La creciente centralidad de la India en los debates económicos y geopolíticos globales no es simplemente una función de su tamaño, sino de su lugar en este orden. Con un gran mercado interno, una mano de obra considerable y una base digital y de infraestructuras en expansión, la India emerge como un lugar potencial para la reorganización parcial de las cadenas de valor globales, lo que se refleja en la rápida expansión del montaje de productos electrónicos y en el traslado por parte de Apple de parte de su producción de iPhone a la India. La búsqueda de alternativas a China ha elevado el perfil de la India, pero la reubicación significativa de la producción sigue siendo limitada.

Al mismo tiempo, la India ocupa un espacio geopolítico distintivo. No está integrada en las estructuras de la alianza occidental ni alineada con China. Su participación en grupos como el QUAD [1] y el BRICS BRICS El término BRICS (acrónimo de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) fue utilizado por primera vez en 2001 por Jim O’Neill, entonces economista de Goldman Sachs. El fuerte crecimiento económico de estos países, unido a su importante posición geopolítica (estos 5 países reúnen casi la mitad de la población mundial en 4 continentes y casi una cuarta parte del PIB mundial) convierten a los BRICS en actores principales de las actividades económicas y financieras internacionales.  [2] es una condición de su relevancia, no una contradicción.

Esta dualidad —económicamente atractiva para el capital global y políticamente ágil a través de las divisiones geopolíticas— ha convertido a la India en un interlocutor cada vez más importante. Es cortejada por Estados Unidos y sus aliados, al tiempo que mantiene vínculos con Rusia y se proyecta como una voz del Sur Global. En momentos de transición sistémica, estas posiciones cobran mayor importancia.

Sin embargo, sería engañoso interpretar esta prominencia como una prueba de una transición inminente hacia la hegemonía india, o incluso hacia un equilibrio multipolar estable en el que la India emerja como un polo entre otros. La importancia de la India radica menos en reordenar el sistema que en cómo opera dentro de él. No se trata simplemente de un ascenso; se trata de posicionarse dentro de las limitaciones y oportunidades que genera un orden mundial cada vez más fracturado.

La India como Estado bisagra
La mejor manera de entender el papel actual de la India no es a través de la «no alineación» o la formación de alianzas, sino como el de un Estado bisagra. La India se mueve hoy entre bloques, a diferencia de la postura no alineada de la Guerra Fría, que buscaba mantener la distancia de ellos. Sin embargo, se abstiene de asumir compromisos de alianza vinculantes. Esto refleja un esfuerzo por obtener beneficios materiales y estratégicos en un contexto en el que las grandes potencias compiten por asegurarse socios, mercados e influencia.

Tras la guerra en Ucrania, la India aumentó drásticamente sus importaciones de petróleo ruso a precio reducido, convirtiéndose Rusia en su mayor proveedor en 2023; gran parte de este petróleo se refina y se reexporta a los mercados occidentales en forma de productos petrolíferos, incluso mientras las sanciones occidentales buscaban aislar a Moscú. Estas compras también ayudaron a estabilizar los precios internos de la energía y respaldaron el crecimiento económico. Al mismo tiempo, la India profundizó su asociación estratégica con Estados Unidos a través del QUAD —una agrupación estratégica indopacífica—, mientras que iniciativas de seguridad occidentales más amplias, como AUKUS[iii], han ido tomando forma paralelamente. Ha ampliado la cooperación en materia de defensa y se ha posicionado como un nodo crítico en los esfuerzos por reconfigurar las cadenas de suministro alejándolas de China. Lo que parece una incoherencia es, en realidad, estrategia. La India aprovecha las tensiones geopolíticas sin comprometerse plenamente con ningún bando concreto.

Esta función de bisagra va más allá de la energía y la seguridad. La India corteja activamente la inversión, promocionándose como un destino manufacturero alternativo a través de iniciativas impulsadas por el Estado, como los programas de incentivos vinculados a la producción. Al mismo tiempo, sigue participando en el BRICS, respaldando proyectos incluso a medida que se profundiza su integración en los circuitos de capital liderados por Estados Unidos. La coexistencia de estas orientaciones no es transitoria, sino constitutiva de su papel actual.

Describir a la India como un Estado bisagra es reconocer un modo específico de inserción en el orden global: uno que se basa en el movimiento entre centros de poder y en la capacidad de traducir la fragmentación sistémica en ventaja estratégica.

Los límites de la autonomía
El lenguaje de la «autonomía estratégica» —la pretensión de la India de actuar con independencia de los bloques rivales— exagera la libertad que implica su posición de bisagra. Su capacidad de maniobra es real, pero se ejerce dentro de limitaciones estructurales. La bisagra puede girar, pero solo dentro del marco que la sostiene. Este margen de maniobra también está sujeto a presiones, ya que Estados Unidos vincula cada vez más la asociación estratégica a expectativas en torno al comercio, la tecnología y el cumplimiento de las sanciones.

El crecimiento de la India sigue ligado a los circuitos globales de capital, tecnología y demanda. Su atractivo como centro de fabricación alternativo se basa en los bajos costes laborales y en los incentivos impulsados por el Estado; su base industrial sigue siendo desigual, con fortalezas en áreas como la industria farmacéutica y los servicios, pero con carencias en la fabricación avanzada, y su integración en las cadenas de valor globales depende de los componentes importados, la inversión extranjera y los mercados externos. Los esfuerzos por atraer la relocalización de la cadena de suministro, ya sea en electrónica, productos farmacéuticos o semiconductores, producen beneficios parciales, pero no alcanzan a suponer una transformación estructural.

Las ambiciones de soberanía digital coexisten con la dependencia del capital y las infraestructuras externas. Las asociaciones con empresas estadounidenses y la alineación con los ecosistemas tecnológicos occidentales han permitido la expansión en sectores como los servicios digitales y las telecomunicaciones, pero también refuerzan las dependencias asimétricas en áreas como la fabricación avanzada, el diseño de chips y las tecnologías críticas. Esto no es autonomía, sino una inserción negociada.

Las tasas de crecimiento sostenidas de alrededor del 6-7% coexisten con una desigualdad persistente, dificultades agrarias y un régimen laboral caracterizado por la informalidad y la precariedad, con más del 80% del empleo que sigue sin estar formalizado. Gran parte de la ventaja comparativa de la India en la producción mundial sigue dependiendo de la reproducción de mano de obra de bajo coste en condiciones de protección social limitada. La distribución desigual de los beneficios de su posicionamiento geopolítico plantea la cuestión de si las ganancias estratégicas «nacionales» se traducen en un avance social más amplio.

Por último, el papel internacional en expansión de la India va acompañado de la consolidación del poder político a nivel nacional, con una creciente centralización e incremento de la represión de la disidencia. Estos cambios sustentan la capacidad de la India para ofrecer estabilidad al capital global y actuar con decisión en las negociaciones geopolíticas. La autonomía a nivel estatal puede, por tanto, coexistir con una profundización de las asimetrías dentro de la sociedad.

Implicaciones para el Sur Global
La trayectoria de la India como Estado bisagra plantea cuestiones más amplias sobre las posibilidades a las que se enfrenta el Sur Global. Su capacidad para navegar entre bloques rivales, obtener concesiones y mantener un grado de flexibilidad estratégica puede parecer, a primera vista, un modelo para otros Estados poscoloniales que buscan evitar la subordinación dentro de un único bloque.

Sin embargo, tal interpretación corre el riesgo de confundir una posición estructuralmente específica con una estrategia generalizable. La capacidad de la India para actuar como eje está estrechamente ligada a su tamaño. Pocos Estados poseen la ubicación estratégica que permite a la India ser cortejada simultáneamente por múltiples centros de poder. Para los países más pequeños y económicamente vulnerables, es más probable que la fragmentación del orden global reduzca el margen de maniobra, empujándolos hacia una alineación selectiva o una integración dependiente.

Esto puede profundizar la diferenciación dentro del Sur Global. Mientras que algunos Estados son capaces de aprovechar la rivalidad interimperialista para asegurar inversiones, transferencias de tecnología o concesiones diplomáticas, otros se enfrentan a presiones intensificadas para ajustarse a las prioridades estratégicas y económicas de las potencias dominantes.

La fragmentación de la globalización no se traduce automáticamente en una mayor autonomía para el Sur Global; en cambio, puede producir formas más complejas y diferenciadas de dependencia, mediadas a través de potencias regionales y Estados bisagra.

Conclusión
El surgimiento de la India como Estado bisagra no anuncia la llegada de un nuevo orden multipolar estable. Revela el carácter de la transición en curso. Lo que está tomando forma no es el desplazamiento de la jerarquía, sino su reconfiguración a través de una rivalidad intensificada, un desacoplamiento selectivo y formas desiguales de interdependencia. Estados como la India importan menos por trascender el sistema que por cómo operan dentro de sus fracturas.

La bisagra puede moverse. Pero no determina la puerta.


Notas

[1Nota redacción Espacio Público: QUAD es como se conoce al foro informal Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (QSD, por sus siglas en inglés) integrado por Estados Unidos, India, Australia y Japón que tiene por objetivo mejorar las relaciones económicas de algunos países de la región Indo-Pacífico.

[2Los BRICS son un bloque de economías emergentes y potencias geopolíticas (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica y, desde 2024, Egipto, Etiopía, Emiratos Árabes Unidos, Irán e Indonesia).

AUKUS (Australia-United Kingdom-United States) es, inicialmente, una alianza estratégica militar entre tres países de la angloesfera: Australia, Reino Unido y Estados.

Sushovan Dhar

Sushovan Dhar es un activista político, escritor y sindicalista radicado en Calcuta. Está afiliado al CADTM India y forma parte del consejo editorial de Alternative Viewpoint. Sus escritos abordan temas como el trabajo, la deuda, la reestructuración neoliberal, el autoritarismo, los movimientos sociales y la política internacional, con un enfoque particular en Asia Meridional y el Sur Global. Sus artículos han sido publicados en diversas revistas y plataformas, como Jacobin, Viento Sur y Sin Permiso, entre otras.

Traduccion(es)

CADTM

COMITE PARA LA ABOLICION DE LA DEUDAS ILEGITIMAS

8 rue Jonfosse
4000 - Liège- Belgique

+324 56 62 56 35
info@cadtm.org

cadtm.org