BLOQUEOS Y BIFURCACIONES ECOLÓGICAS
1ro de junio por Yayo Herrero

«Circles of Life /// Círculos de Vida» by Walimai.photo is licensed under CC BY-NC-ND 2.0.
Hemos comenzado 2026 con la materialización de las amenazas del presidente de los Estados Unidos de intervenir militarmente en Venezuela. Donald Trump, eufórico, hablaba de una perfecta, eficaz y limpia intervención militar. Casi un centenar de personas fueron masacradas para secuestrar violentamente a Maduro y a Cilia Flores, su esposa. Trump y su equipo de gobierno han reivindicado bravuconamente la posesión de su petróleo y la voluntad de expulsar a China del mapa de relaciones comerciales con Venezuela. También han amenazado a otros Estados latinoamericanos y a Groenlandia.
A la vez, la agencia federal encargada de identificar, detener y deportar a inmigrantes en situación irregular (ICE) ha ejecutado públicamente a Renee Nicole Good. Siguen abiertas las secuelas de los bombardeos en Irán, Siria, Sudán o Nigeria, la guerra en Ucrania y la continuidad del genocidio contra el pueblo palestino que se lleva perpetrando desde el otoño de 2023.
En el Estado español, presentado habitualmente como bastión progresista en Europa, las elecciones en Extremadura desvelan un PSOE en declive, una izquierda que crece más de lo esperable en otros territorios, pero que no capta lo que pierde el PSOE, un PP que se sostiene y se arrima a una ultraderecha que crece con vigor. Es una trayectoria que se repite en otros lugares de Europa.
Comprender la fuerza con la que ha emergido la ultraderecha en tantos lugares a la vez, exige reconocer en toda su complejidad la policrisis que atravesamos. Una crisis política y social en la que se manifiesta una profunda erosión de la democracia y el surgimiento de una ola autoritaria, represiva y militar. Un desmoronamiento del orden que se había construido a partir de la Segunda Guerra Mundial que tiene como vector de fondo la profunda crisis ecológica, con frecuencia insuficientemente analizada y reducida a la dimensión climática, a su vez reducido el abordaje de esta última a la contabilidad del CO2.
Cuatro siglos después de que Francis Bacon soñara con un progreso humano que dominase la naturaleza y la estremeciese hasta sus fundamentos, es innegable que la trama de la vida ha sido sacudida, pero a costa, como señala la mejor información científica disponible y la experiencia cotidiana de millones de personas, de poner las vidas en riesgo.
Los estudios actuales señalan que de los nueve límites planetarios fundamentales para garantizar la continuidad de la vida tal y como la conocemos, siete se encuentran superados [1]. La crisis ecológica provoca desastres crecientes en frecuencia e intensidad, que están destruyendo medios de vida, hábitats e infraestructuras. Reduce las posibilidades humanas de adaptarse y vivir en los territorios, poniendo en peligro la seguridad vital.
Además, existe una presión creciente extractivista sobre los recursos fósiles y los minerales declinantes –en tanto que menos rentables energética y económicamente– que provoca una transformación creciente en los usos del suelo y agrava los problemas ecológicos que ya hemos nombrado, tensionando profundamente los metabolismos económicos globalizados.
La comunidad científica ha advertido sobre la llegada de algunos puntos de no retorno y el riesgo de colapso [2] de los procesos, bienes y recursos naturales imprescindibles para la supervivencia humana. Los colapsos ecológicos, situados y globales, no tienen por qué significar extinción total ni una explosión terminal, pero existen. Hacer luz de gas en torno a ello añade confusión a un momento ya de por sí tremendamente confuso.
La cultura occidental se extravió [3] y rompió los vínculos entre lo humano y la trama de la vida. Nuestra contemporaneidad arranca de ese pecado original, el de practicar una especie de vivisección cultural que ha desgajado la política y la economía de las bases relacionales, naturales y sociales que las sustentan.
La oposición íntima entre el metabolismo agro-urbano-industrial capitalista y la organización de la trama de la vida constituye el meollo de todos los problemas ecosociales. Conocer la base ecológica de este conflicto es, posiblemente, lo que determina la diferencia entre construir sociedades que se integran en la trama de la vida o sociedades que la explotan como si estuviesen fuera [4].
Lo que en el capitalismo expansivo es progreso, es regresión en la naturaleza. Lo que nuestra cultura denomina complejidad económica y social, es simplificación y empobrecimiento en la trama de la vida. Cuando más deprisa se mueven los datos y las mentiras a través de las máquinas, más información vital desaparece. Lo que la economía llama productividad es ineficiencia en la naturaleza.
La seguridad en los sistemas vivos es improductiva para el capital. Mientras que los ecosistemas avanzan en la transferencia de excedentes energéticos para la protección y la anticipación de riesgos en el futuro, el progreso capitalista quema la energía del pasado, dilapida la del presente y les pasa las facturas a las generaciones futuras en forma de emisiones de gases de efecto invernadero, ciclos alterados, suelos arrasados o residuos nucleares que tendrán que ser gestionados en el futuro.
En la trama de la vida los ciclos de materiales se cierran, los ciclos del capitalismo son tóxicos. Llegar, ocupar, someter y matar, extraer, agotar, abandonar y comenzar de nuevo en otro lugar. Si las cosas salen mal o las cuentas no son rentables se cierra y se empieza de nuevo en otro lugar.
Ulrich Brand y Markus Wissen denominaron modo de vida imperial a las relaciones entre seres humanos y de estos con la naturaleza, basadas en la desigualdad, el poder, el dominio y la violencia que hacen posible el modo de vida cotidiana en los lugares de privilegio [5]. La vida imperial se naturaliza a través de discursos y cosmovisiones, cristaliza en prácticas e instituciones.
El capitalismo mundializado ha sofisticado hasta el extremo los mecanismos de apropiación de tierra, agua, energía, animales, minerales, urbanización masiva, privatizaciones y explotación de trabajo humano. Los instrumentos financieros
Instrumentos financieros
Los instrumentos financieros son los títulos y contratos financieros.
Los títulos financieros son: títulos de capital emitidos por las sociedades por acciones (acciones, participaciones, certificados de inversión, etc.), los títulos de crédito, con excepción de papel comercial y certificados de depósito (obligaciones y títulos similares), las participaciones o acciones de organismos de inversión colectiva en valores mobiliarios).
Los contratos financieros, también denominados “instrumentos financieros a término” son los contratos a término sobre tipos de interés, los contratos de permutas (swaps), los contratos de futuros sobre todo tipo de mercancías, contratos de opciones de compra o venta de instrumentos financieros y todos los demás instrumentos de mercado de futuros.
, la deuda
Deuda
Deuda multilateral La que es debida al Banco Mundial, al FMI, a los bancos de desarrollo regionales como el Banco Africano de Desarrollo y a otras organizaciones multilaterales como el Fondo Europeo de Desarrollo.
Deuda privada Préstamos contraídos por prestatarios privados sea cual sea el prestador.
Deuda pública Conjunto de préstamos contraídos por prestatarios públicos. Reescalonamiento. Modificación de los términos de una deuda, por ejemplo modificando los vencimientos o en relación al pago de lo principal y/o de los intereses.
y todo un conjunto de leyes, tratados internacionales y acuerdos constituyen una arquitectura de la impunidad [6] que allana el camino para que los enrevesados entramados económicos transnacionales despojen a los pueblos, exploten los territorios, desmantelen la red de protección pública y comunitaria que pudiese existir y repriman las resistencias que surjan.
En el libro Contra el autoritarismo de la libertad financiera [7], las pensadoras y activistas argentinas Verónica Gago y Luci Cavallero realizan, refiriéndose a Argentina, una reflexión que parece generalizable al momento político global.
Señalan que el sistema de gobernanza en la Argentina de Milei se apoya en tres vectores. El primero es la capacidad de destrucción. El segundo es la instauración de una política del shock que a golpe de decretos gubernamentales consolide esa destrucción. El tercero es la ostentación de una brutal crueldad que festeja y celebra los efectos de la destrucción. No son cosas nuevas. Lo novedoso, señalan las autoras, es la intensidad y la velocidad vertiginosa con la que se aplican y el aturdimiento y desorientación que generan.
Creo que hay leer la actual emergencia de la ultraderecha, el contexto de rearme y de violencia contra las poblaciones como la respuesta distópica que están dando sectores protegidos por el poder político, económico y militar a la crisis ecosocial.
La política y la economía se aplican violentamente para defender el derecho a la rapiña. Petróleo, gas, minerales, agua, territorio, casas, cuidados, cosechas o tiempo de gente. Ahora ya no hace falta disimular ni disfrazarlo de otras causas más presentables. Se actúa, de facto, como si el problema fuese descartar a la población sobrante.
William Robinson acuñó el concepto de estado policial para mostrar el carácter emergente de la economía y sociedad globales como una totalidad represiva. Según Robinson, la propia economía depende cada vez más de la evolución e implantación de esos sistemas de guerra, control social y represión que se convierten en medios para obtener beneficios y seguir acumulando capital frente al estancamiento económico, una especie de acumulación por represión. Las élites han desarrollado un interés Interés Cantidad pagada como remuneración de una inversión o percibida por un prestamista. El interés se calcula sobre la base de la cantidad de capital invertido o prestado, de la duración de la operación y del último tipo aplicado en ese momento. particular en la guerra, el conflicto, el lawfare, la desinformación y la represión como formas de control y acumulación, que permea y cala en el conjunto de la sociedad.
Los conflictos se multiplican, y en ellos los territorios, los bienes comunes Bienes comunes En economía los bienes comunes se caracterizan por un modo de propiedad colectiva, que se diferencia tanto de la propiedad privada como de la pública. En filosofía hacen referencia a aquello que comparten los miembros de una misma comunidad, ciudad o la propia humanidad, desde un punto de vista jurídico, político o moral. y la naturaleza constituyen el eje central de las disputas. En este contexto, quienes se oponen a los intereses corporativos son objeto de agresiones, violencia y vulneración de derechos.
El Estado policial global, la crueldad y la deshumanización son las respuestas a las contradicciones intrínsecas del sistema. Elites económicas, visionarios ultratecnológicos y fundamentalistas religiosos, sanos hijos de la cultura escapista, tejen alianzas, a primera vista extrañas, pero no tanto si se advierten las cosmovisiones antropocéntricas, individualistas y autoritarias que fundan nuestra civilización. La evolución humana en la trama de la vida se convierte en un violento videojuego en el que todos los villanos aspiran a ser finalistas. La respuesta a la crisis se traduce en una especie de cruzada contra los cuerpos, la interdependencia, la compasión, la vulnerabilidad y la complejidad de la vida.
Se abre un nuevo ciclo político y social en el que el ecocidio, el colonialismo, el racismo y la misoginia ya no son una realidad estructural que disfrazar y ocultar. Son los pilares explícitos, reivindicados con chulería, de una respuesta autoritaria y distópica a la policrisis ecosocial.
Al votante que no cabe en sus cápsulas salvadoras se le ofrece la nostalgia de un pasado que probablemente nunca existió y el desfogue de ejercer poder y castigo sobre un conjunto cada vez más amplio de otros seres deshumanizados y señalados. Se puede aplaudir el fin de las ayudas a quienes se aprovechan de todos, aplaudir la deportación masiva de personas presentadas como delincuentes, demonizar a las y los educadores y trabajadores sanitarios que creen saber más que tú, aplaudir la desaparición de las regulaciones económicas y medioambientales. “El fascismo del fin de los tiempos es un fatalismo oscuramente festivo, un último refugio para aquellos que encuentran más fácil celebrar la destrucción que imaginar una vida en la que todos quepan” [8].
El problema es que las izquierdas y las visiones de derecha algo más moderadas están siendo arrastradas hacia ese terreno político oscuro. Los gobiernos progresistas se enfrentan a la contradicción entre el realismo de favorecer la acumulación en sus territorios y la necesidad de conseguir legitimidad política. La retórica del mal menor se hace constante y en un contexto de malestar y decepción, desmoviliza y paraliza. Las crisis de legitimidad son cada vez más intensas. El resultado es una tendencia a la fascistización.
Mirar el futuro con esperanza y confianza exige redefinir socialmente qué entendemos por una vida buena en tiempos de la policrisis ecosocial e imaginar otras formas de vivir capaces de inspirarnos para iniciar el camino, fortalecer la organización para recorrerlo y transformar las aspiraciones y deseos de una parte significativa de la sociedad.
Hay que asumir que los imaginarios sociales, especialmente en los países enriquecidos, se inscriben en los paradigmas de la cultura extraviada y que, sin un significativo apoyo social, no se podrán experimentar y desplegar los cambios necesarios. Inevitablemente, por tanto, una de las responsabilidades de los agentes políticos y sociales es esforzarse por abrir una gran conversación en esta línea, capaz de desplegarse en todos los lugares a los que seamos capaces de llegar.
Necesitamos crear climas que toleren el error de la experimentación social. Hoy, ni las culturas del odio de la ultraderecha ni el despellejamiento mutuo en el que se encuentran las opciones de izquierdas, dejan mucho espacio para la audacia y el atrevimiento. Eso quiere decir que hay que crear, como hacen los ecosistemas en sus inicios, un suelo que permita sembrar. En plena ofensiva de las respuestas distópicas y con una buena parte de las izquierdas desorientadas, es obvio que la tarea política es ingente.
Hace unas semanas un artículo de Eloi Gummà y Roc Solà en El Salto analizaba el trabajo político que está siguiendo La France Insoumise (LFI) en Francia. Con 450 000 militantes –no solo seguidores de una red social–, LFI defiende que la construcción de un pueblo activo Activo En general, el término “activo” hace referencia a un bien que posee un valor realizable o que puede generar ingresos. Por el contrario, hablamos de “pasivo”, es decir la parte del balance compuesta por los recursos de los que dispone una empresa (capital propio aportado por los socios, provisiones por riesgos y gastos, así como las deudas). en el contexto de emergencia actual implica un gran esfuerzo de construcción de un movimiento de masas.
Conciben la propia acción como “un gran movimiento de educación popular”. Se autopresentan como un movimiento político que pretende estimular la autoorganización. Insisten en que la emancipación de las clases populares debe ser obra de las mismas clases populares. Quizás el éxito de Mamdani, sin despreciar la pericia en el uso de las redes sociales, tenga más que ver con la fuerza y alegría con fundamento que provoca la organización y la creación de movimiento.
Seguramente, habrá muchos caminos para esa transición, pero son especialmente interesantes las propuestas ecofeministas. Quizás por la sencillez de su formulación. Una sencillez que es una gran virtud para la transformación, pero, a veces, también un obstáculo. Las teorías, para ser buenas teorías tienen que ser un poco rimbombantes y algo abstrusas y, sobre todo, no caer en la simpleza de hablar de muchas cosas concretas porque entonces la teoría pierde valor.
Los ecofeminismos inspiran una política aterrizada en los cuerpos y los territorios. Constituyen un materialismo encarnado [9] y localizado que razona desde la plena consciencia de la vulnerabilidad humana y su inserción en la naturaleza. La consciencia de que hay que sostener la vida humana intencionalmente puede ayudar a reorientar la economía y la política de modo que la prioridad sea la supervivencia y el bienestar en condiciones dignas de todos los seres humanos y el respeto y cuidado a todas las formas de existencia.
El punto de partida es el reconocimiento del contexto. Hay quien dice que los diagnósticos duros aplastan y paralizan. Pero en nuestra experiencia, la comprensión razonada e informada de lo que la mayor parte de la gente ya intuye, libera y dota de herramientas que permiten poner en duda las informaciones falsas, las conspiraciones y los bulos.
Compartir la dureza del momento, sin regodeos ni exageraciones, es un ejercicio de respeto, de renuncia a la superioridad intelectual y de confianza en las capacidades compartidas. Es condición necesaria para crear un poder que pueda enfrentar la mutación de la política en el fascismo del fin de los tiempos.
Necesitamos crear un poder que pueda aliarse con quien quede dentro de las instituciones que no se haya rendido a la creencia de que la creatividad, la voluntad, el apoyo mutuo y la capacidad de resistencia han colapsado; que no se haya rendido al derrotismo de quien cree que lo necesario para aspirar a vivir con dignidad dentro de la tierra ya no es posible políticamente y que, por tanto, la política realista obliga a convertirse en colaboracionistas del mal menor y que, si no lo hacemos, es porque somos ingenuas, insignificantes en el plano intelectual o participantes en iniciativas que, por lo que sea, nunca sirven, al menos hasta que alcancen un cierto tamaño y entonces, ya sí, se hagan merecedoras de mención y tutela.
Existen no pocas experiencias que son el fruto de colaboraciones público-comunitarias [10]. El Estado no es solo el Ejército, la Policía o los ministerios. Existen instituciones públicas o al menos personas y equipos dentro de ellas que trabajan con las comunidades buscando formas distintas de distribuir el poder y estimular la autoorganización.
Urge favorecer el encuentro en todos los lugares en donde las personas ejercen la libertad de autoeducarse mutuamente y de organizarse. Sindicatos, colegios, cooperativas, centros culturales, teatros, museos, asociaciones de padres y madres, grupos musicales, asociaciones de fiscales y de jueces, parroquias… En todos esos lugares ya se están desarrollando conversaciones y hay gente que explora cómo salir de esta encerrona.
Llamamos metamorfosis antropológica [11] a un esfuerzo de recivilización. Graeber y Wengrow señalan que, en su origen, civilizar conducía a las cualidades de sabiduría política y apoyo mutuo que permitían que las sociedades se organizasen a través de la coalición voluntaria.
Los ecofeminismos son un camino político y pedagógico para la recivilización. El núcleo de su preocupación tiene sentido en cualquier ámbito de la sociedad. La fuga cultural de la Tierra y de los cuerpos, la coerción del patriarcado y el colonialismo y la religión civil que supone la sacralidad del dinero y del crecimiento, constituyen un hecho social total, en el sentido en que lo formuló Durkheim en 1895 en Las reglas del método sociológico [12].
El trabajo en todos esos ámbitos es el que yo creo que supone una verdadera incidencia política. Es un trabajo minucioso, en el que hay que moverse casi a golpe de oportunidades, que se reorienta, a veces, a partir de la contingencia. Al hablar de necesidades, vulnerabilidad y vidas concretas, las posibilidades de conversación se amplifican y extienden.
Marina Garcés suele decir que el futuro no existe. Que el futuro son las proyecciones de los presentes que habitamos. En nuestros presentes se hacen omnipresentes y protagonistas bultos que inflan como un tumor y obstruyen el futuro. Pero hay muchas cosas que existen y el ojo moldeado por la cultura hegemónica no ve, mucha gente humilde y revolucionaria comprometida con los tiempos presentes también creamos grumos de movimiento y comunidad desde los que difuminar los futuros
Futuros
Contrato a término
Un contrato a término o futuros (futures en inglés) es un compromiso firme de entrega normalizado, donde las características son conocidas de antemano, por una cantidad determinada de un activo subyacente definido con precisión, en una determinada fecha, denominada vencimiento, en lugar prefijado, y negociado en un mercado a término organizado. Los contratos a término son los instrumentos financieros que más se negocian del mundo.
distópicos que se vislumbran por acción o por omisión.
Se pregunta Nancy Fraser si podemos concebir un proyecto emancipatorio contrahegemónico de transformación social con suficiente amplitud y visión como para confederar las luchas y construcción de múltiples colectivos y movimientos con el objetivo de desterrar el capitalismo caníbal. Nada, dice, que no sea ese proyecto podría ayudarnos [13].
Fuente: vientosur.info
[1] Según datos del Planetary Health Check 2025, disponible en https://www.pik-potsdam.de/en/institute/labs/pbscience/translations-1/2025/phc25-executivesummary_es.pdf
[2] El término colapso está tomado literalmente de los estudios científicos consultados
[3] La caracterización de la cultura del extravío se encuentra desarrollada en Herrero, Yayo (2025), Metamorfosis. Una revolución antropológica, Barcelona: Arcadia
[4] Ramón Margalef (1998), Ecología, Barcelona: Ediciones Omega
[5] Ulrich Brand y Markus Wissen (2021), Modo de vida imperial. Vida cotidiana y crisis ecológica del capitalismo, Buenos Aires: Tinta Limón.
[6] Juan Hernández, “El TTIP y la arquitectura de la impunidad”. La Marea, 12 de diciembre de 2014, disponible en .
[7] Gago, Verónica y Cavallero, Luci (2025) Contra el autoritarismo de la libertad financiera, Buenos Aires: Tinta Limón
[8] Naomi Klein y Astra Taylor, “El auge del fascismo del fin de los tiempos”, viento sur. 19-4-2025.
[9] Ariel Salleh, “Moving to an Embodied Materialism” en Capitalism Nature Socialism 2005 16(2), 9-14, Sidney.
[10] En marzo de 2026, el Foro de Transiciones hará público un informe en esta línea
[11] Para profundizar en la reflexión me remito al libro Metamorfosis. Una revolución antropológica ya mencionado.
[12] Emile Durkheim (2016), Las reglas del método sociológico y otros escritos. Madrid: Alianza Editorial.
[13] Nancy Fraser, Capitalismo caníbal, op. cit, 2023.
2 de abril de 2020, por Eric Toussaint , Esther Vivas , Catherine Samary , Mikel Noval , Sergi Cutillas , Janire Landaluze , Daniel Albarracín , Tijana Okić , Pablo Cotarelo , Nathan Legrand , Alexis Cukier , Jeanne Chevalier , Yayo Herrero , Walter Actis
23 de mayo de 2019, por Eric Toussaint , Esther Vivas , Catherine Samary , Mikel Noval , Sergi Cutillas , Janire Landaluze , Daniel Albarracín , Tijana Okić , Pablo Cotarelo , Nathan Legrand , Alexis Cukier , Jeanne Chevalier , Yayo Herrero , Walter Actis
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Sobre extractivismo y expulsiones
Marina y los buscadores de cobre9 de agosto de 2018, por Yayo Herrero