La «autocrítica» del FMI frente a la crisis argentina

2 de agosto de 2004 por Julio Nudler


Recientes libros y documentos publicados por organismos financieros internacionales ensayan alguna supuesta «autocrítica» sobre los efectos nefastos de sus recetas en nuestros países en la década pasada. Pero, al contrario de un momento de sinceridad, esos textos tratan de ocultar los intereses que defendían (y defienden) y de legitimar sus «nuevas» recetas que traen más de lo mismo. Este artículo analiza la reciente «autocrítica» que se hizo el FMI FMI
Fondo monetario internacional
El FMI nace, el mismo día que la Banca mundial, con la firma de los acuerdos de Bretton Woods. En su origen el rol del FMI era defender el nuevo sistema de cambios fijos instaurado.

A la finalisación de estos acuerdos (1971), el FMI es mantenido y se transforma paulatinamente en el gendarme y el bombero del capitalismo mundialisado : gendarme cuando impone los programas de ajuste estructural ; bombero cuando interviene financiaramente para sostener los países tocados por una crisis financiera.

Su modo de decisión es el mismo que el del Banco mundial y se basa sobre una repartición del derecho de voto en proporción a los aportes de cotisación de los países miembros. Estatutariamente es necesario el 85% de los votos para modificar la Carta del FMI (los EE.UU. poseen una minoria de bloqueo dado a que posees el 16,75 % de voces). Cinco países dominan : Los EE.UU. (16,75 %), el Japon ( 6,23 %), la Alemania (5,81%), Francia (4,29 %), y Gran Bretaña (4,29%). Los otros 177 Estados miembros estan divididos en grupos dirigidos, cada vez, por un país. El grupo más importante (6,57%) esta dirigido por Belgica. El grupo menos importante (1,55% de voces) precidido por el Gabon (países africanos).

Su capital está compuesto del aporte en divisas fuertes (y en monedas locales) de los países miembros. En función de este aporte, cada miembro se ve favorecido con Derechos Especiales de Giro (DEG) que son de hecho activos monetarios intercambiables libre e inmediatamente contra divisas de un tercer país. El uso de estos DEG corresponde a una política llamada de estabilización a corto plazo de la economía, destinada a reducir el déficit presupuestario de los países y a limitar el crecimiento de la masa monetaria. Esta estabilización constituye frecuentemente la primera fase de intervención del FMI en los países endeudados. Pero el FMI considera que en adelante es tarea suya (tras el primer choque petrolero de 1974-1975) actuar sobre la base productiva de las economías del Tercer Mundo reestructurando sus sectores internos; se trata de una política de ajuste a más largo plazo de la economía. Lo mismo sucede con los países llamados en transición hacia una economía de mercado. (Norel y Saint-Alary, 1992, p. 83).

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por su apoyo al modelo aplicado en Argentina en los años 90 y que llevó a ese país al colapso.

Para autocriticarse así, más vale que el Fondo no se autocritique

El problema central del mea culpa ensayado por la Oficina de Evaluación Independiente del FMI respecto del caso argentino es que obvia las razones ideológicas y los intereses económicos que se escondían detrás de los errores aparentemente técnicos en el apoyo a la convertibilidad Convertibilidad Posibilidad legal de pasar de una moneda a otra o de una moneda al patrón en que está oficialmente definida. En el sistema actual de tasas de cambio liberalizadas (es la oferta y la demanda de divisas la que determina sus cursos respectivos, tasas de cambio flotantes), las monedas flotan alrededor del dólar (patrón-dólar). .

Un abismo separa hoy a la Argentina del FMI, a juzgar por los términos de la discusión pública entablada entre ambos, a punto tal que cualquier observador prescindente le aconsejaría al país sostener el menor vínculo posible con el organismo. Lo notable es que las discrepancias no sólo se manifiestan en las posturas actuales del Fondo, adversas a Buenos Aires, sino que son tanto o incluso más profundas cuando un cuerpo paralelo a la entidad, como la Oficina de Evaluación Independiente, ventila una (auto)crítica a la actitud sostenida en el caso argentino entre 1991 y 2001. Lo que ha hecho la OEI en su dictamen es censurar las fallas técnicas y de criterio en que incurrió el FMI durante el decenio del 1 a 1, pero obviando un hecho central: la motivación ideológica que guió el respaldo brindado a la convertibilidad, en realidad no por ésta sino porque proporcionó el marco de engañosa estabilidad necesario para que se realizasen las privatizaciones, incluyendo la del sistema previsional, y la masiva extranjerización de la economía y, en particular, de la banca. Es lo que, en otras palabras, señala la declaración del ministro Lavagna ante el Directorio Ejecutivo del organismo.

Sin embargo, ninguna victoria en la discusión remediará la posición de debilidad de la Argentina en el FMI, en gran medida por no poder formar un frente común con Brasil, dado que para el presidente Lula lo más importante es llevarse bien con el Fondo y conquistar el corazón de los mercados para no desbarrancarse en el default, estando por lo visto dispuesto a pagar un precio social muy alto por alcanzar ese complicado objetivo. Por otro lado, es muy poco lo que la Argentina puede hacer para alterar una estructura defasada de poder en el FMI, donde la segunda y la cuarta economías en tamaño del mundo, vale decir China e India, no cuentan en absoluto.

Las “lecciones” que la OEI extrae del bochornoso (para el Fondo) caso argentino resultan por momentos patéticas. Afirman, por ejemplo, que “el nivel sostenible de deuda Deuda Deuda multilateral La que es debida al Banco Mundial, al FMI, a los bancos de desarrollo regionales como el Banco Africano de Desarrollo y a otras organizaciones multilaterales como el Fondo Europeo de Desarrollo.
Deuda privada Préstamos contraídos por prestatarios privados sea cual sea el prestador.
Deuda pública Conjunto de préstamos contraídos por prestatarios públicos. Reescalonamiento. Modificación de los términos de una deuda, por ejemplo modificando los vencimientos o en relación al pago de lo principal y/o de los intereses.
para las economías emergentes puede ser inferior a lo que se suponía”
, lo cual es archisabido, sin que haga falta que estos evaluadores lo descubran. A ningún país periférico se le toleraría una deuda como la que tiene Estados Unidos, por ejemplo. “El comportamiento de la política fiscal –concluye la lección número 2 de la autocrítica– no debería fijarse sólo en los desequilibrios de cada año en particular sino también en la cantidad de deuda pública acumulada.”

Esto significa que el Fondo debería haber exigido mucho antes superávit fiscales suficientes para ir afrontando los servicios de esa deuda, en vez de tolerar que ella siguiera acrecentándose. Como en casi todos los casos, el reproche que se hace el Fondo es haber sido demasiado blando o contemplativo con la Argentina, lo cual exhorta a ejercitar mayor dureza y severidad. Pero este nuevo criterio llega a deshora, cuando ya Carlos Menem y Domingo Cavallo están refugiados en el extranjero, y por tanto la estrictez se le aplica a la Argentina posmenemista y posaliancista, que pugna por zafar como puede del desastre al que contribuyó la complicidad del Fondo. Esto quiere decir que para el país resulta mucho peor que el FMI se autocritique, si lo va a hacer de esta forma, a que no lo haga en absoluto.

Otra “lección” sugestiva es la tercera (entre un tacaño total de diez). En ella se fustiga sin nombrarlo al célebre “blindaje”, en el que clarividentes como Darío Lopérfido vieron la superación de todos los problemas. En una palabra, los evaluadores no cohonestan los apoyos precautorios a programas mal diseñados y peor implementados porque no resuelven las vulnerabilidades de una economía. No habiendo una crisis de balance Balance “Fotografía” a final de año de los activos (lo que la empresa posee) y pasivos (lo que la empresa debe) de una sociedad. Dicho de otra forma, los activos el balance aportan información acerca de la utilización de los fondos recabados por la sociedad. Los pasivos del balance informan sobre el origen de los fondos captados. de pagos, sería mejor –piensa la OEI– que el Fondo deje al país expuesto a la disciplina que le impondrán los mercados (financieros). Es decir, que lo arroje a las fieras. No hay dudas de que sin el blindaje la convertibilidad se hubiese caído un año antes, pero tampoco que los grandes intereses con los que simpatiza el FMI no habrían tenido tiempo de ponerse a salvo de la borrasca ni dólares con los que fugar capitales masivamente. Así vista, lo más cortés que puede decirse de esta autocrítica es que es cándida. El Fondo no es eso que los evaluadores piensan que es, si es que en serio lo piensan. El Fondo es un enorme aparato montado para defender ciertos intereses bajo una apariencia técnica.

La autocrítica también la emprende contra panaceas como la del megacanje, sosteniendo que cosas como ésas no sirven porque son “costosas y difícilmente aptas para mejorar la sostenibilidad de la deuda”. Sólo servirían las restructuraciones que reduzcan el valor presente neto de los servicios de la deuda, o, si se cree que ésta es sustentable, un bruto paquete de apoyo financiero. Ninguna de esas condiciones estaban presentes en 2001: el megacanje creaba compromisos inabordables, y la deuda hacía rato que era insostenible. Pero si esto es así, es obvio que la Argentina necesita ahora imponer a sus acreedores una quita muy fuerte sobre esa deuda inflada por la inconducente reprogramación para estar en condiciones de cumplir con el nuevo compromiso. Pero el Fondo, en lugar de acompañar este camino de salida, lo bombardea, tratando hasta último momento de beneficiar a los acreedores, aunque por otro lado los perjudique al imponer el pago pleno de sus propias acreencias.

La respuesta de Economía señala, entre otros, un “error” tan grosero del Fondo, diez o más años atrás, como el de haber convalidado que el producido de las privatizaciones se contabilizara como ingreso ordinario del fisco, lo que embellecía las cuentas pero constituía una técnica contable inadmisible. Las joyas de la abuela no eran infinitas. En realidad, no se trataba de una equivocación de los técnicos sino de la decisión de favorecer un proceso recomendado por el Consenso de Washington sin entrar a mirar cómo se estaba privatizando ni importar el alto grado de corrupción que aceitaba esas operaciones, cuestión de la cual la OEI no extrae “lección” alguna. Del mandamiento no robarás ni una palabra. Tampoco si se privatizaban monopolios mal regulados y regirían niveles tarifarios no competitivos. Pero ahora el organismo reclama que se restablezca la seguridad jurídica, vulnerada por la pesificación.

Cuando la Argentina realizaba las aconsejadas “reformas estructurales”, el estado cada vez más deteriorado de la macroeconomía no revestía para el FMI importancia ninguna. La idea, o la excusa, era que las privatizaciones y otras reformas mercadoamistosas lo arreglarían todo después. Ahora, cuando la macro anda bien, con superávit fiscal primario y control de la moneda, el Fondo no quiere aprobar la tercera revisión del programa porque no se avanza lo suficiente con las reformas estructurales que exige. Es la cruz de la misma moneda.




Fuente: Página 12, Argentina, 30-07-04.

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