Lecturas sobre feminismo y neoliberalismo

18 de febrero por Verónica Gago


Varias autoras están problematizando el neoliberalismo y su convergencia con formas autoritarias y violentas. A su vez, las formas neoliberales en regiones como América Latina implican un archivo clave sobre la violencia originaria del capitalismo. Estas cuestiones permiten animar la crítica al neoliberalismo con preocupaciones feministas sobre la dinámica moralizadora, financiera y desposesiva que arremete contra cuerpos y territorios.

Toda una serie de libros recientes pueden leerse abonando un cruce para el diagnóstico actual: ¿qué dicen y sintetizan las movilizaciones feministas de los últimos años en relación con la comprensión y confrontación del neoliberalismo? ¿Qué dejan leer los feminismos actuales como mapa de las violencias contemporáneas? Podemos partir de una hipótesis: la caracterización del neoliberalismo juega un rol central en los feminismos actuales y puede entenderse como un elemento clave de su internacionalismo. Primero, porque pone ciertas coordenadas a los conflictos de los que se han poblado los feminismos en su devenir masivo y, por tanto, es lo que les permite acumular fuerza en iniciativas antineoliberales. Luego, porque ese anudamiento es parte de un debate y un diagnóstico frente a la reacción conservadora que se ha desatado contra la fuerza transnacional del ciclo reciente de luchas que disputan cómo se gestionan los efectos de las sucesivas crisis económicas, de 2008 a hoy. Pero aún más: son los feminismos desde el sur del planeta los que permiten también desplazar las narrativas euroatlánticas desde las que se suele conceptualizar el neoliberalismo. Vayamos por partes.

* * *

¿Cómo caracterizar un neoliberalismo que se alía con fuerzas conservadoras o directamente fascistas sin dejar de ser neoliberalismo? Esto plantea dos problemas. Por un lado, nos obliga a revisar una y otra vez a qué llamamos neoliberalismo, a situar sus mutaciones (un reciente libro compilado por William Callison y Zachary Manfredi habla de «neoliberalismo mutante» [1]). Por otro, podríamos desmentir la «novedad» de esta alianza entre neoliberalismo y autoritarismos de derecha (que algunas autoras como Zeynep Gambetti no dudan en llamar «nuevos fascismos») [2], que es lo que se postula desde ciertas narrativas atlántico-eurocéntricas sobre el neoliberalismo, lo cual hace ver el momento actual como una suerte de involución o anomalía en un neoliberalismo que se habría caracterizado siempre por su liberalismo político y que recién ahora se vería obligado a este giro represivo.

En América Latina, el origen del neoliberalismo es indisimulablemente violento. Son las dictaduras que vinieron a reprimir un ciclo de luchas obreras, barriales y estudiantiles las que marcan su inicio. Como principio de método y como perspectiva desde este continente, por tanto, es necesario subrayar la emergencia del neoliberalismo como respuesta a un conjunto de luchas. Por eso, el neoliberalismo se presenta como un régimen de existencia de lo social y un modo del mando político instalado regionalmente con la masacre estatal y paraestatal de la insurgencia popular y armada, y consolidado en las décadas siguientes a partir de gruesas reformas estructurales, según la lógica de ajuste de políticas globales. Con esto quiero decir que la conjunción de neoliberalismo y autoritarismos tiene, en América Latina, un archivo clave.

Si Chile es la vanguardia impulsada por los Chicago boys con el golpe militar contra Salvador Allende (que inauguró un neoliberalismo con una capacidad constitucional que recién hoy está puesta en discusión, gracias a una revuelta social inédita), Argentina es su perfeccionamiento en términos de terrorismo de Estado como plan sistemático, inescindible de simultáneas reformas en las leyes financieras (aún vigentes). Las visitas a la región en aquellos años por parte de Friedrich Hayek y Milton Friedman son un capítulo especial para desarrollar el componente doctrinario que el neoliberalismo tuvo en nuestros países, donde Perú, bajo la insignia de Hernando de Soto (¿ahora candidato?), es un bastión también ineludible. Creo que este punto permite poner otra perspectiva a la idea de «novedad» de un neoliberalismo que ha dejado su ropaje liberal e incluso progresista para conectar su actualidad con la experiencia originaria en ciertas regiones (sin dudas, tercermundistas) del planeta. Pero también marcar la importancia política y metodológica de las revueltas regionales como impugnaciones a la legitimidad política del neoliberalismo, que se van acumulando desde principios de este siglo hasta el ciclo de revueltas feministas, para pensar esta nueva escena de violencia neoliberal.

Tenemos entonces en nuestra región más de cuatro décadas de mutaciones neoliberales que nos permiten leer varias cosas. Por un lado, como enuncié, señalar el origen mismo del neoliberalismo en términos de violencia. Por otro, comprender sus mutaciones posteriores desde el punto de vista de las luchas que lo desafiaron y que permiten la lectura a contrapelo de sus estrategias; es decir: postular lo que subvierten las luchas como aquello que determina la orientación de su mutación. Hablar de su carácter polimórfico, de la capacidad combinatoria, versátil, del neoliberalismo lleva a mostrar que la gubernamentalidad neoliberal refiere a una racionalidad política que no se reduce al aparato de gobierno y que disputa las subjetividades como espacio estratégico de producción de gobierno.

Si el neoliberalismo necesita ahora aliarse con fuerzas conservadoras retrógradas –de la supremacía blanca a los fundamentalismos religiosos, del inconsciente colonial al despojo financiero más desenfrenado, como vienen documentando y teorizando Wendy Brown [3], Suely Rolnik [4], Keeanga Taylor [5], Silvia Federici [6] y Judith Butler [7], para citar algunos libros en un mapa de lecturas que nutren la perspectiva feminista– es porque la desestabilización de las autoridades patriarcales y racistas pone en riesgo la propia acumulación de capital en este presente.

Una vez que la fábrica y la familia heteropatriarcal (aun como imaginarios) no logran sostener disciplinas, y una vez que el control securitario es desafiado por formas transfeministas y ecológicas de gestionar la interdependencia en épocas de precariedad existencial –lo cual incluye disputar servicios públicos y aumento de salarios, vivienda y desendeudamiento, ¡no solo reconocer los cuidados!–, la contraofensiva se redobla. Esto supone dar el crédito a los feminismos y movimientos de disidencia sexual en sus composiciones migrantes, faveladas, sindicales, universitarias, rurales, indígenas, populares, etc., y a su carácter masivo, radical y transnacional, como dinámicas claves de desestabilización del orden sexual, de géneros y, por lo mismo, del orden político neoliberal, porque materializan la disputa por las derivas de las crisis que desde 2008 no paran de profundizarse. En este sentido, neoliberalismo y conservadurismo comparten objetivos estratégicos de normalización y de gestión de la crisis de la relación de obediencia clave para la acumulación.

Contra la oposición identidad versus clase o temática del poder versus temática de la explotación con que muchas veces se intenta acorralar las luchas actuales, las revueltas feministas expresan, movilizan y difunden un cambio en la composición de las clases laboriosas, en lo que se entiende por trabajo, desbordando sus clasificaciones y jerarquías. La dimensión de clase de los feminismos se pone en juego cuando se habla de trabajo reproductivo, desde la violencia que sostiene la apropiación extractivista contra ciertos cuerpos y territorios hasta la práctica de la huelga, que pone en evidencia no un reemplazo y disolución de la cuestión de la explotación, sino una reformulación de cómo esa explotación se organiza cuando los mandatos de género y los privilegios racistas son cuestionados como parte del triángulo indisoluble entre capital, patriarcado y colonialismo.

Varios análisis señalan una nueva articulación entre patriarcado y capitalismo (por ejemplo, Étienne Balibar y su debate sobre la noción de «capitalismo absoluto») que se expresa como una nueva articulación entre producción y reproducción. La pregunta sería: ¿por qué el neoliberalismo muta hacia allí? Es clave señalar la importancia de agregar la dimensión financiera al análisis de la reproducción social porque es un lugar concreto donde moralidad y explotación se anudan. El libro Una lectura feminista de la deuda Deuda Deuda multilateral La que es debida al Banco Mundial, al FMI, a los bancos de desarrollo regionales como el Banco Africano de Desarrollo y a otras organizaciones multilaterales como el Fondo Europeo de Desarrollo.
Deuda privada Préstamos contraídos por prestatarios privados sea cual sea el prestador.
Deuda pública Conjunto de préstamos contraídos por prestatarios públicos. Reescalonamiento. Modificación de los términos de una deuda, por ejemplo modificando los vencimientos o en relación al pago de lo principal y/o de los intereses.
 [8] nos permite identificar los flujos de endeudamiento para completar el mapa de la explotación en sus formas más dinámicas, versátiles y aparentemente «invisibles», sobre las que se arraiga la mutación neoliberal. En América Latina, el endeudamiento de las economías domésticas, de las economías no asalariadas, de las economías consideradas históricamente no productivas, permite captar los dispositivos financieros como verdaderos mecanismos de extracción de valor y de confinamiento de las vidas y asignación de tareas según mandatos de género.

Se trata así de leer la fisonomía que toma la recomposición del clásicamente llamado conflicto obrero por fuera de sus coordenadas habituales (un marco asalariado, sindical, masculino), para pensar cómo la expansión del sistema financiero es, por un lado, una respuesta a una secuencia específica de luchas y, por otro, una dinámica de contención que organiza una cierta experiencia de la crisis actual. Esta perspectiva nos permite también entender de qué modo el endeudamiento masivo de poblaciones –mayoritariamente no asalariadas, migrantes, feminizadas– requiere de un tipo específico de disciplinamiento y, eventualmente, de criminalización. Es otro modo de caracterizar la cuestión obrera desde una perspectiva feminista en nuestros días y de comprender las formas de explotación del momento neoliberal. Aquí, entiendo, también se juega un sentido preciso de cómo la subjetivación de masas que están desplegando las revueltas feministas es un componente clave de esa batalla contra el neoliberalismo por mutar al infinito (el utópico infinito financiero). Unos años después del debate sobre posneoliberalismo en la región, estamos frente a un renovado embate neoliberal conservador. La profundización de la crisis de reproducción social es sostenida por un incremento brutal del trabajo feminizado, que reemplaza las infraestructuras públicas y queda implicado en dinámicas de superexplotación. La privatización de servicios públicos y la restricción de su alcance se traducen en que esas tareas (salud, cuidado, alimentación, etc.) deben ser suplidas por las mujeres, lesbianas, travestis y trans como tarea no remunerada y obligatoria, junto con un endeudamiento generalizado en los sectores de menos ingresos. Varias autoras han destacado el aprovechamiento moralizador –es decir, de reafirmación de mandatos familiaristas– que se enjambra con esta misma crisis reproductiva, y cómo se desprenden de allí las bases de convergencia entre neoliberalismo y conservadurismo. Necesitamos situar la forma en que el neoliberalismo, para justificar sus políticas de ajuste, revive la tradición de la responsabilidad familiar privada, como señala Melinda Cooper [9], y lo hace en el idioma de… ¡la «deuda doméstica»! Endeudar a los hogares es parte de su llamado a la responsabilización neoliberal, pero al mismo tiempo condensa el propósito conservador de plegar sobre los confines del hogar cis-heteropatriarcal la reproducción social. La torsión conservadora es un aspecto fundamental que intenta reforzar, por un lado, la obligación de contraprestación de la ayuda social con exigencias familiaristas como lógica de cuidado y responsabilidad; por otro, hace que las iglesias sean hoy canales privilegiados para la redistribución de recursos. Vemos consolidarse así una estructura de obediencia sobre el día a día y sobre el tiempo por venir que obliga a asumir de manera individual y privada los costos del ajuste y a recibir condicionamientos morales a cambio de los recursos escasos. Todo esto nos da, otra vez, una posibilidad más amplia y compleja de entender lo que diagnosticamos de la alianza del neoliberalismo con las fuerzas conservadoras, que se expresa como violencias que toman a los cuerpos feminizados como nuevos territorios de conquista. Por eso es necesario animar la crítica al neoliberalismo con un gesto feminista sobre la maquinaria de la deuda –como dispositivo generalizado de explotación financiera–, porque es también apuntar contra la maquinaria neoliberal de la culpabilización, sostenida por la moral heteropatriarcal y por la explotación de nuestras fuerzas vitales.

***

Quiero centrarme en dos intervenciones que me parecen importantes para hacer este mapa de lecturas del presente: las de las estadounidenses Wendy Brown y Nancy Fraser, porque son a la vez intervenciones filosóficas, políticas y epistémicas que ponen en juego una definición del neoliberalismo y se vinculan a problemas del feminismo. Y porque de algún modo son centrales en la definición (euroatlántica) de neoliberalismo. En su libro El pueblo sin atributos. La secreta revolución del neoliberalismo [10], a partir de una lectura del curso de Michel Foucault de 1979, Wendy Brown se propone introducir una cuña justamente en una noción de neoliberalismo que parece contenerlo todo. Para eso, su fórmula es profundizar «la antinomia entre ciudadanía y neoliberalismo» y polemizar con el modelo de la gobernanza neoliberal entendido como proceso de «des-democratización de la democracia». En su argumento, el neoliberalismo restringe los espacios democráticos no solo a escala macroestructural sino también en el plano de la organización de las relaciones sociales, en la medida en que la competencia deviene norma de todo vínculo. Ella subraya este proceso como una economización de la vida social que altera la naturaleza misma de lo que llamamos política, reforzando el contraste entre las figuras del homo economicus y el homo politicus. Brown destaca que en el neoliberalismo la ciudadanía no es solamente un conjunto de derechos, sino también una suerte de activismo continuo al que estamos obligados y obligadas para valorizarnos. La penetración de la racionalidad neoliberal en instituciones modernas como la ciudadanía desdibuja la noción misma de democracia desde el punto de vista de la autora, que reclama que en las genealogías de Foucault «no hay ciudadanos». Si bien su crítica del neoliberalismo como neutralización del conflicto es importante y su análisis, filoso, no deja de quedar dentro de un esquema politicista: la expansión que nos permite pensar el neoliberalismo como gubernamentalidad se vuelve a restringir al postular la razón neoliberal como sinónimo de la desaparición de la política. Se recrea así la distinción entre economía y política (distinción fundante del capitalismo), de modo tal que preserva una «autonomía de lo político» como un campo ahora colonizado pero a defender. Desde una perspectiva claramente arendtiana, se hace del «reino de la regla» el espacio privilegiado para el despliegue democrático del homo politicus. En esta línea de argumentación, la explicación del triunfo de Donald Trump en 2016 que hace Brown refiriéndose a un «populismo apocalíptico» sería la consumación de ese secuestro de la política por parte del neoliberalismo:

Si la reprobación de la política es un hilo importante para el asalto a la democracia del neoliberalismo, igualmente importante para generar apoyo para el autoritarismo plutocrático es lo que llamo economización de todo, incluyendo valores democráticos, instituciones, expectativas y saberes. El significado y la práctica de la democracia no pueden entregarse a la semiótica del mercado y sobrevivir. La libertad queda reducida a promover mercados, mantener lo que uno obtiene, por lo tanto legitimar el crecimiento de la inequidad y la indiferencia a todos sus efectos sociales. La exclusión se legitima como fortalecimiento de la competitividad; el secreto, más que la transparencia o la responsabilidad, es el buen sentido del negocio [11].

Para Brown, lo que se vacía, desde el punto de vista de la economización de la vida, es la ciudadanía como forma de «soberanía popular». También, señala, la privatización de bienes públicos y de la educación superior contribuye a debilitar la cultura democrática, y la noción de «justicia social» se consolida como aquello que restringe las libertades privadas. En resumen: conjuntamente, el abierto desprecio neoliberal por la política; el asalto a las instituciones democráticas, los valores e imaginarios; el ataque neoliberal a los bienes públicos, la vida pública, la justicia social y la ciudadanía educada generan una nueva formación política antidemocrática, antiigualitaria, ultraindividualista y autoritaria [12].

Esta forma economizada de la política produce, en la perspectiva de Brown, un tipo de subjetividad que se contrapone a la estabilidad y seguridad de la ciudadanía: «Esta formación ahora se prende con el combustible de tres energías que consideramos antes: miedo y ansiedad, estatus socioeconómico declinante y blanquitud rencorosa herida». Miedo, ansiedad, precariedad y «blanquitud» rencorosa son las afecciones que quedan liberadas cuando los confines de la ciudadanía no producen ni regulan la subjetividad democrática. La ecuación para Brown, entonces, queda así: se aumentan libertades en la medida en que se reduce la política; se liberan energías perniciosas en la medida en que no hay contención ciudadana. El resultado es una política que no es antiestatal en el caso de Trump, sino la gestión empresarial del Estado. ¿Desde qué punto de vista se puede criticar el politicismo de esta visión? Esta perspectiva envuelve tres problemas. Por un lado, creo que lo que se desprende del voto de derecha considerado en sentidos muy amplios no es un espíritu antidemocrático a secas. Quiero aclarar que pienso en simultáneo en el llamado «giro a la derecha» en América Latina, porque en la medida en que ha coincidido con el triunfo de Trump, ha impulsado justamente una búsqueda de «explicaciones» sobre tal «desplazamiento» en las preferencias electorales primero, en los apoyos a las maniobras golpistas luego. Los gobiernos de derecha, por decirlo tomando las palabras memorables de la derecha vernácula, «sinceran» por medio de un materialismo cínico lo antidemocrático de la democracia. Con esto quiero decir que en el argumento de Brown funciona una doble idealización de la democracia (esa es la fuente de su politicismo). Primero, porque quedan borradas las violencias que traman el neoliberalismo en sus orígenes (golpes de Estado y terrorismo de Estado en América Latina, pero también las formas de racismo que la democracia legitima) y que son violencias que las democracias posdictatoriales prolongan de manera diversa pero constitutiva. Segundo, porque la concepción de la democracia como reino de la regla y de su proyección ciudadana nos impide ver sus violencias represivas en términos de cómo se estructuran hoy las conflictividades sociales que justamente perciben que la política como campo de reglas es un privilegio discursivo de las elites, ya que experimentan en la práctica que esas reglas no funcionan de manera universal, como se explicita por ejemplo en el movimiento #BlackLivesMatter y en los asesinatos de jóvenes pobres en las metrópolis latinoamericanas. Considero que la crítica al neoliberalismo se debilita cuando se lo considera como no político. Porque bajo esta idea de política quedan anulados los momentos propiamente políticos del neoliberalismo y, en particular, se invisibilizan las «operaciones del capital» en su eficacia inmediatamente política, es decir, en tanto construcción de normativa y espacialidad, así como producción de subjetividad. En relación con esto, me parece fundamental pensar en las prácticas políticas capaces de cuestionar el neoliberalismo sin considerarlo como «lo otro» de la política. Si tiene algo de desafiante y complejo el neoliberalismo es que su constitución es ya directamente política y, en tanto tal, se lo puede entender como campo de batalla. En su último libro, In the Ruins of Neoliberalism: The Rise of Antidemocratic Politics in the West [En las ruinas del neoliberalismo. El auge de la política antidemocrática en Occidente] [13], Brown revisa los argumentos de su libro anterior. Aquí parte del fracaso en predecir y comprender el avance de las derechas, con una conjunción de «libertarismo, moralismo, autoritarismo, nacionalismo, odio al Estado, conservadurismo cristiano y racismo». En este trabajo, Brown busca desplazarse de lo que llama el «sentido común de la izquierda» y pone de relieve sobre todo la articulación del neoliberalismo con la moral tradicional. El énfasis en el «lado moral» del proyecto neoliberal deviene fundamento para «desmantelar la sociedad» (en un juego con el título foucaultiano de «defender la sociedad») y refiere a los modos en que la «herida del privilegio» de la blanquitud, la masculinidad y la cristiandad encuentra las maneras de convertirse en reacción antidemocrática. La cuestión de las subjetividades se pone en el centro de la disputa política. Si Brown subraya desde el inicio los rasgos apocalípticos del populismo de Trump y su perversa continuidad con el carácter desdemocratizante del neoliberalismo, Nancy Fraser habló del triunfo de Trump como un «motín electoral» contra la hegemonía neoliberal, más específicamente, como «una revuelta contra las finanzas globales». En esa saga ubicaba también el Brexit, la campaña demócrata de Bernie Sanders, la popularidad del Frente Nacional en Francia y el rechazo a las reformas de Matteo Renzi en Italia. Leía en esos eventos diversos una misma voluntad de rechazo al «capitalismo financiarizado». A esta lectura se pliega su idea de que lo que entra en crisis es el «neoliberalismo progresista», tal y como escribió en un artículo de coyuntura a principios de 2017:

En la forma que ha cobrado en eeuu, el neoliberalismo progresista es una alianza de las corrientes principales de los nuevos movimientos sociales (feminismo, antirracismo, multiculturalismo y derechos de los lgbtq), por un lado, y, por el otro, sectores de negocios de gama alta «simbólica» y sectores de servicios (Wall Street, Silicon Valley y Hollywood). En esta alianza, las fuerzas progresistas se han unido efectivamente con las fuerzas del capitalismo cognitivo, especialmente la financiarización. Aunque maldita sea la gracia, lo cierto es que las primeras prestan su carisma a este último. Ideales como la diversidad y el «empoderamiento» que, en principio, podrían servir a diferentes propósitos, ahora dan lustre a políticas que han resultado devastadoras para la industria manufacturera y para las vidas de lo que otrora era la clase media. [14]

Ahora reunido en el nuevo libro Los talleres ocultos del capital. Un mapa para la izquierda [15], este argumento ya estaba presente en su texto Contradictions of Capital and Care [Contradicciones del capital y el cuidado] (2016), donde comentaba que el imaginario igualitarista de género alimenta un individualismo liberal en el que la privatización y la mercantilización de la protección social logran empaparse de un «aura feminista». Esto supone conseguir que las tareas reproductivas se presenten simplemente como un obstáculo en la carrera individual y profesional de las mujeres; tareas de las que por suerte el neoliberalismo nos da la chance de liberarnos en el mercado. La emancipación toma así un carácter reaccionario, argumenta Fraser, operando justamente sobre la reformulación de la división reproducción-producción, normalizando el campo donde hoy se sitúan las contradicciones más profundas del capital. En este sentido, el «neoliberalismo progresista» sería la contrarrevolución de los postulados feministas en la cual la emancipación se produce tanto porque somos empujadas al mercado de trabajo, instaurando el modelo del «doble ingreso por hogar» como metabolización perversa de la crítica feminista al salario familiar, como porque esta situación se sostiene sobre una mayor jerarquización clasista y racista de la división global del trabajo, donde las mujeres migrantes pobres del Sur llenan la «brecha de cuidados» de las norteñas entregadas a sus carreras laborales. Desde esta perspectiva, el «neoliberalismo progresista» es la respuesta a una serie de luchas contra la hegemonía disciplinar del trabajo asalariado y masculino que convergieron con movimientos sociales que politizaron las jerarquías sexistas y racistas. La fuerza del neoliberalismo, pensado como reacción y contrarrevolución, sería haber logrado convertir esas luchas en una suerte de cosmética multicultural y freelance para las políticas de ajuste, desempleo y desinversión social, al decirlas en la lengua de los derechos de las minorías. La ya citada Melinda Cooper advierte sobre el riesgo de la argumentación de Fraser: «En su trabajo más reciente, Fraser acusa al feminismo de la segunda ola de haber colaborado con el neoliberalismo en sus esfuerzos para destruir el salario familiar. ¿Fue mera coincidencia que el feminismo de la segunda ola y el neoliberalismo prosperaran en tándem? ¿O había alguna afinidad electiva perversa, subterránea, entre ambos?» [16].La sospecha que Cooper deja planteada a las preguntas de Fraser es relevante para una crítica que no sea nostálgica ni restauradora de la familia (aun en modos más igualitarios) en nombre de una seguridad perdida, ya que son justamente las banderas sobre las que se envalentona el neoliberalismo más conservador. El punto que queda como dilema es cómo esta interesante lectura no se convierte en la introyección de una racionalidad siempre anticipada de la derrota. Esto es, cómo evitar presuponer –en un a priori como lógica que se ratifica en un a posteriori analítico– la capacidad del neoliberalismo de metabolizar y neutralizar toda práctica y toda crítica, garantizando de antemano su éxito. Fraser es una de las autoras, junto con Cinzia Arruza y Tithi Bhattacharya, del Manifiesto de un feminismo para el 99% (2019), publicado en eeuu y traducido a muchos idiomas. Esta consigna, lanzada originalmente por el movimiento Occupy Wall Street, es muy interesante porque es recuperada para construir una oposición de manera directa con el feminismo corporativo (lean-in). Sin embargo, están inscritas problemáticamente en su interior dos líneas: una articulación populista y una interseccionalidad de las luchas, lo que abre una discusión sobre la práctica política con relación a cómo se produce un feminismo de mayorías que tenga como perspectiva una crítica radical al neoliberalismo. En plena pandemia, las revueltas feministas persisten hoy sosteniendo redes de cuidado, de autodefensa, de abastecimiento, que disputan directamente las condiciones de reproducción: de la salud a la vivienda, pasando por las jubilaciones y las tarifas del acceso a conectividad. Aquí se juega una concepción sobre el trabajo, sobre quiénes producen valor y sobre qué modos de vida merecen ser asistidos, cuidados y rentados, y también de dónde saldrán los recursos para hacerlo. Las lecturas feministas para enfrentar al neoliberalismo en su modo conservador son más estratégicas que nunca.




Notas

[1W. Callison y Z. Manfredi (comps.): Mutant Neoliberalism: Market Rule and Political Rupture, Zone Books, Nueva York, 2019.

[2Z. Gambetti: «Explorary Notes on the Origins of New Fascisms» en Critical Times vol. 3 No 1, 4/2020.

[3«Neoliberalism’s Frankenstein: Authoritarian Freedom in Twenty-First Century ‘Democracies‘» en Critical Times vol. 1 No 1, 2018.

[4Esferas de la insurrección, Tinta Limón, Buenos Aires, 2019.

[5Race for Profit: How Banks and the Real Estate Industry Undermined Black Homeownership, University of North Carolina Press, Chapel Hill, 2019.

[6Re-Enchanting the World: Feminism and the Politics of the Commons, PM Press, Oakland, 2018.

[7The Force of Non Violence: An Ethico-Polical Bind, Verso, Londres-Nueva York, 2020.

[8Hago referencia al libro que coescribimos con Luci Cavallero: Una lectura feminista de la deuda. ¡Vivas, libres y desendeudadas nos queremos!, Fundación Rosa Luxemburgo, Buenos Aires, 2019, disponible en https://rosalux-ba.org/.

[9M. Cooper: Family Values: Between Neoliberalism and the New Social Conservatism, Zone / Near Futures, Nueva York, 2017, p. 23.

[10Malpaso, Barcelona, 2016.

[11W. Brown: «Democracy Lecture» en Blätter für deutsche und internationale Politik, 8/2017.

[12Ibíd.

[13Columbia UP, Nueva York, 2019, de próxima publicación en español por Tinta Limón.

[14N. Fraser: «El fin del neoliberalismo progresista» en Review. Revista de Libros No 11, 3-4/2017.

[15Traficantes de Sueños, Madrid, 2020.

[16M. Cooper: In the Ruins of Neoliberalism, cit., p. 23.

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