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Grecia
«Capitulación entre adultos», una historia de Grecia no apta para Hollywood
por Sergi Cutillas
14 de junio de 2020

En el libro ‘Capitulación entre adultos’, Éric Toussaint nos ofrece una versión no apta para Hollywood de los eventos de Grecia en 2015.

En su libro Conversación entre adultos: mi batalla contra el establishment europeo (Deusto, 2017), Yanis Varoufakis justifica su mandato en el primer gobierno de Syriza-Anel y se nos representa como un David que se enfrenta al Goliat de la Troika, valiéndose solo de su astucia y carisma, que finalmente son insuficientes ante la traición de sus superiores, quienes le impiden culminar su hazaña. No es de extrañar que el libro de Varoufakis haya dado lugar a una taquillera película dirigida por el célebre cineasta grecofrancés Costa-Gavras, centrada exclusivamente en su figura y basada en un relato en ocasiones descontextualizado y sesgado de lo acontecido.

Afortunadamente, en Capitulación entre adultos. Grecia 2015: una alternativa era posible (El Viejo Topo, 2020), Éric Toussaint nos ofrece un ejercicio de memoria histórica que nos permite contrastar el análisis que hace el autor con el relato de Varoufakis.

En esta obra, Toussaint, quien presenció los acontecimientos muy de cerca —vivió en Atenas durante ese periodo, ya que fue el director científico del Comité Parlamentario que auditó la deuda pública griega, del que yo también formé parte—nos explica con detalle su versión de lo que sucedió durante los turbulentos meses que van desde enero a julio de 2015 en Grecia.

La tesis central de ‘Capitulación entre adultos’ es descrita con claridad en la introducción:

“Tsipras y Varoufakis no abandonaron la ciudadela antidemocrática para comprometerse en una acción activa de apertura hacia los movimientos sociales que resistían a la ofensiva neoliberal, y eso es la esencia de la democracia. Nunca, ni uno ni otro, hicieron un llamamiento a los pueblos de Europa y del mundo por la solidaridad con el pueblo griego. Eso influyó en la dificultad de desarrollar un poderoso movimiento de solidaridad internacional. El hecho de funcionar en el marco de la diplomacia secreta también alentó a la dirigencia europea a mantener las peores prácticas de chantaje, sin correr el riesgo de que éstas fueran denunciadas.”

Toussaint nos explica que Tsipras, sus hombres de confianza y Varoufakis trazaron una estrategia que apuntaba a ganarse el reconocimiento de las instituciones europeas a Grecia y su nuevo partido de Gobierno. Toussaint nos lo expone con un extracto del libro de Varoufakis, que transcribe el mensaje principal del ministro en su primer Eurogrupo del 11 de febrero:

«Nuestro gobierno se enfrenta a la tarea de conservar una divisa preciosa sin agotar un capital importante: debemos ganarnos vuestra confianza sin perder la confianza de nuestro pueblo» (subrayado de Varoufakis)

Este reconocimiento debía materializarse en la relajación moderada de la austeridad y en concesiones respecto a las condiciones de pago de la deuda. El texto explica que para llevar a cabo tal estrategia la comunicación funcionaba a dos niveles. Por un lado, representando ante el gran público una rebeldía y radicalidad que tensara la cuerda de la negociación. Por otro, más sutil y menos mediático, transmitiendo de manera inequívoca a los acreedores que no la romperían. Mantener el control sobre esta estrategia debía, necesariamente, dejar de lado la amenaza real para los acreedores que hubiera supuesto la democracia interna dentro del partido y la movilización de la población, que de haber tenido voz podría haber presionado al Gobierno para romper con la Troika. Es por ello, que, como explica el libro, la cúpula del Gobierno optó por aislarse en una “ciudadela antidemocrática” a la que los protagonistas llamarían “gabinete de guerra”, y que maniobró para reducir la influencia de la Plataforma de Izquierda, la parte de Syriza que reclamaba la toma de decisiones de manera democrática, y que planteaba una estrategia basada en la movilización y el rechazo rotundo a las imposiciones de la Troika.

La cúpula del Gobierno de Syriza optó por aislarse en una “ciudadela antidemocrática” a la que los protagonistas llamarían “gabinete de guerra”

Para aislar al ejecutivo del peligro que suponía la democracia interna y la población movilizada, se optó por instalar el relato de que solo un hombre con capacidades sobrenaturales podía enfrentarse a la misión difícil (o imposible) de doblegar a la Troika.

Es por ello que se eligió a Yanis Varoufakis, un reconocido profesor de economía residente en los EE UU, que como independiente estaba desligado del partido y de los movimientos sindicales y sociales griegos, y cuyas principales fuerzas eran su conocimiento de la élite política y económica de Grecia, su perfil de economista académico respetado en el mundo anglosajón, y su fuerte personalidad que le ayudaría a trasmitir una imagen de genio rebelde.

Varoufakis jugaría el papel de super agente secreto, como Ethan Hunt de Misión Imposible, al que se podría desautorizar o retirar el apoyo —como sucedió finalmente— si las cosas no salían como sus superiores esperaban

Si tiramos de analogías cinematográficas, Varoufakis actuaría como el superagente secreto Ethan Hunt de la saga Misión Imposible, quien lleva a cabo misiones secretas y arriesgadas que solo él puede realizar, y que requieren del máximo secretismo y de la actuación completamente autónoma del agente para llegar al éxito. De hecho, muy a menudo, el gobierno que le encarga la misión al personaje, interpretado por Tom Cruise, se desentiende del agente acusándole de actuar por la libre o incluso de ser un terrorista traidor a su país. Varoufakis, jugaría el papel de superagente al que se podría desautorizar o retirar el apoyo -como sucedió finalmente- si las cosas no salían como sus superiores esperaban. El guión estaba escrito y Varoufakis conocía el papel que le encargaban. Los medios también captaron a la perfección la película que se abría delante de ellos. El problema principal que tuvo el plan, como explica Toussaint en el quinto capítulo Una estrategia de negociación condenada al fracaso, es que la Troika, y en especial el Gobierno alemán, no se dejó impresionar por el empuje hollywoodiense del ministro y funcionó bajo una lógica aplastante: el ejecutivo griego había dado sobradas señales de no querer un enfrentamiento y la Troika tenía todas las armas para hundir la economía de Grecia; simplemente las activaron y esperaron el desgaste del Gobierno.

En realidad, que Varoufakis fuera elegido ministro era una garantía para los acreedores de Grecia de que las cosas difícilmente se irían de madre. Como nos explica el historiador belga en el primer capítulo de su libro Las propuestas de Varoufakis conducían al fracaso, el economista, ya siendo el candidato con más opciones a ser ministro de Finanzas del futuro gobierno, criticó el programa de Syriza —que incluía subidas salariales, el fin de la austeridad, nacionalizaciones y, sobretodo, la anulación de gran parte de la deuda pública— tildándolo poco menos que de mentira irrealizable que le provocó náusea e indignación.

Que Varoufakis fuera elegido ministro era una garantía para los acreedores de Grecia de que las cosas difícilmente se irían de madre

Como alternativa, en su encuentro en casa de Tsipras en noviembre de 2014, le presentó a éste y a su equipo de confianza, un nuevo programa de seis puntos, que incluía la reestructuración de la deuda sin reducir su monto total —negociando solo plazos e intereses, aunque el principal ya alcanzaba casi dos veces el PIB—, superávits fiscales de hasta 1,5% —lo que suponía continuar con la política fiscal ultra-deflacionaria—, bajadas de impuestos como IVA y sociedades, privatizaciones, la creación de un banco de inversión que se hipotecaría con la garantía de activos públicos, y por último la transferencia de la propiedad del sector bancario griego —propiedad del estado griego— a la Unión Europea. Estas medidas suponían una versión ligera del expolio que estaba sufriendo Grecia.

Como nos explica Toussaint en el sexto y séptimo capítulos de su libro, la Troika de acreedores entendió las señales de que el gobierno griego no había ni remotamente contemplado dejar de hacer concesiones ante la amenaza de ser expulsado de la Eurozona. Así, pocos días después de las elecciones del día 25 de enero, el Banco Central Europeo declaró la guerra al gobierno griego al rechazar financiar a los bancos griegos y confirmar que no le abonaría los 1.900 millones de euros de beneficios obtenidos a través de los programas de compras de títulos griegos, que había prometido pagarle en 2015. Esto generó una dinámica de retirada de depósitos bancarios que amenazaría con el colapso bancario y la quiebra del Estado, cosa que estrangularía poco a poco a la economía. Toussaint detalla como el día después de la acción del BCE, el 5 de febrero, Varoufakis se reunía con el ministro de Finanzas alemán Schäuble, quien le confirmó que su plan era imponer la austeridad en Europa para aumentar la competitividad y reducir el Estado social, y que para eso necesitaba mecanismos disciplinarios como la presión que ejercía tener que pagar la deuda. El autor constata que quedaba ya claro desde el principio que la propuesta europea de Varoufakis, según la cual el BCE debía quedarse con una parte de la deuda de los países de la Eurozona, no tenía ninguna opción de ser aceptado, dado que, de haberlo sido, ese mecanismo disciplinario a través del cual Schäuble gobernaba la Eurozona hubiera desaparecido.

Que la estrategia no iba bien se confirmó cuando a finales de febrero Varoufakis, en representación del Gobierno, capituló por primera vez cuando renunció al programa de su Gobierno y aceptó extender el segundo programa de ajuste cuatro meses más, en los términos que le dictó la Troika. El ministro griego firmaría el siguiente acuerdo en el Eurogrupo del 20 de febrero, que pocos días después se traduciría en una serie de concesiones descritas en un documento que enviaría al mismo, pero que, sin que él lo supiera y para su humillación, llevaría la firma de la Comisión Europea.

El acuerdo firmado por Varoufakis durante la reunión del Eurogrupo del 20 de febrero de 2015. (Extractos)

“Las autoridades griegas presentarán una primera lista de medidas de reformas sobre la base del actual acuerdo, como muy tarde la noche del 23 de febrero. Las instituciones (o sea, el BCE, el FMI y la Comisión Europea, nota de Éric Toussaint) darán una primera opinión para determinar si esa lista es suficientemente completa para ser considerada como un punto de partida válido con el fin de llegar a una buena conclusión de la evaluación. Esa lista será todavía más específica y luego ser presentada para la aprobación de las instituciones a finales de abril. (...)»Las autoridades griegas reiteraron su compromiso inequívoco en honrar, totalmente y en el tiempo debido, sus obligaciones financieras ante sus acreedores. Las autoridades griegas también se comprometieron a garantizar los excedentes presupuestarios primarios requeridos, o los productos de financiación necesarios para asegurar la viabilidad de la deuda, de conformidad con la declaración del Eurogrupo de noviembre de 2012”.

“A la luz de esos compromisos, nos felicitamos que, en un cierto número de sectores, las prioridades políticas de Grecia puedan contribuir a un fortalecimiento y una mejor puesta en marcha del acuerdo actual. Las autoridades griegas se comprometen a abstenerse de cualquier anulación de las medidas y de cambios unilaterales de las políticas y reformas estructurales, que tuvieran un impacto negativo en los objetivos presupuestarios, la recuperación económica o la estabilidad financiera, tales como los evaluados por las instituciones”.

Este acuerdo fue el inicio del fin. Con él no se consiguió ninguna medida de alivió a los problemas de liquidez del país. Este le valió a Varoufakis las felicitaciones de Jeffrey Sachs, mientras que recibiría duras críticas de sus héroes de la infancia, el recientemente fallecido Manolis Glezos, símbolo de la resistencia contra la ocupación nazi y diputado de Syriza en el Parlamento Europeo desde febrero de 2015, y también del célebre compositor Mikis Theodorakis.

Para los que no sepan quién es Jeffrey Sachs, Toussaint dedica el capítulo 4 Los asesores del ministro de Finanzas a las relaciones del ministro con personajes del establishment griego y estadounidense. En este nos detalla como el ministro situó o aceptó en puestos de máxima autoridad a personajes contrarios a los intereses de Syriza. Algunos ejemplos de esto son Dimitris Mardas -ministro suplente de Finanzas- que había criticado mordazmente a Syriza en el periodo previo a las elecciones y que meses después apoyaría la capitulación del gobierno; Yorgos Chouliarakis -presidente del consejo de asesores económicos del Gobierno- que traicionaría a Varoufakis enviando la propuesta del ministro al Eurogrupo el 22 de febrero, añadiendo la firma del representante de la Comisión Europea en Grecia, Declan Costello, sin que lo supiera el ministro; Elena Panaritis, exdiputada del PASOK que había votado a favor del primer memorando de 2010 y que había trabajado en Washington, donde tenía una extensa red de contactos en sus instituciones, entre las que estaba el controvertido exsecretario del Tesoro Larry Summers.

De hecho, Toussaint dedica un apartado a las colaboraciones del ministro con Summers y Jeffrey Sachs, que considera incompatibles con el programa de Syriza. Summers, con una larga trayectoria como integrante de la élite política y económica en los EEUU, jugó durante la administración Clinton un papel más que destacado en la desregulación bancaria y de los mercados financieros en los EE UU, y luchó para imponer la línea neoliberal en las instituciones financieras de Washington. El autor del libro también nos recuerda que Varoufakis pidió a Sachs que colaborara estrechamente con su ministerio. Sachs, economista también ligado al Partido Demócrata de los EE UU, es uno de los protagonistas del libro de Naomi Klein La Doctrina de Shock: el auge del capitalismo del desastre (Booket, 2007), dado que Sachs fue el asesor de gobiernos neoliberales que aplicaron la doctrina de shock como los de Bolivia (1985), Polonia (1989) y Rusia (1991).

Estas relaciones no deben interpretarse necesariamente como una traición, sino más bien como una estrategia de ‘ambigüedad constructiva’, en términos de Kissinger, en la que Varoufakis intentaría que los dos bandos pudieran proclamarse vencedores y así conseguir un compromiso histórico para Grecia. Es de suponer que como parte central de tal estrategia, Varoufakis buscaba el apoyo del gobierno de Obama y del FMI para que contribuyeran a suavizar la posición alemana, aspecto en el que fracasó. De hecho, Toussaint no quiere debatir sobre la honestidad de Varoufakis, al que no considera un traidor, sino que aspira a valorar la orientación política y estratégica del exministro con el fin de extraer valiosas enseñanzas para el futuro. De hecho, gracias a su reconstrucción detallada de los hechos, consigue mostrarnos que ya desde el inicio, tanto el posicionamiento político de Varoufakis como su estrategia negociadora estaban abocados al fracaso y que no iban a impresionar a los representantes de la Troika.

Toussaint, menciona también que el nombre de la expresidenta del Parlamento Helénico, Zoe Konstantopoulou, se nombra tan solo una vez en el libro de Varoufakis, que tiene más de 500 páginas. De la misma manera, el Comité para la Verdad sobre la Deuda Pública griega, comisión parlamentaria que crearía la misma Konstantopoulou para auditar la deuda, no se mencionaría ni una sola vez:

“En ningún momento Varoufakis menciona la creación y el trabajo de la comisión de auditoría de la deuda griega, aunque hubiera estado en su sesión inaugural del 4 de abril de 2015”.

El resultado de la auditoría coordinada por Konstantopoulou y Toussaint mostró que la deuda pública se había originado por una combinación de prácticas corruptas y medidas antisociales durante décadas, que habían culminado en 2010 con la imposición del primer plan de ajuste, que tenía el objetivo de proteger a los acreedores de Grecia —principalmente de Alemania, Francia y el Benelux— de un posible impago. Tal programa de reformas neoliberales destruyó en poco tiempo el 25% del PIB haciendo que la deuda se disparara, y causando un enorme sufrimiento a la población de Grecia.

El segundo rescate, en 2012, serviría para refinanciar la deuda, cargando quitas sobre los sectores más débiles de los tenedores de deudas, como los fondos de pensiones locales, mientras se eximía de ellas a los inversores internacionales y se rescataba nuevamente a los bancos. Por todas estas razones, la auditoría concluyó que el grueso de la deuda pública de Grecia era ilegal, ilegítimo y odioso, y que el Estado griego estaba amparado por la legislación internacional y por su legitimidad democrática para repudiar su pago. Estos eran poderosos argumentos que, de haber sido usados, habrían dado fuerza al gobierno ante la Troika. Sin embargo, Varoufakis, ciñéndose a su estrategia, rechazó dar ningún reconocimiento a esta valiosa información y ordenó que se siguiera pagando cada vencimiento de deuda durante los cuatro meses que iban de febrero a junio. Con las finanzas ya estranguladas y al borde de la quiebra, a fines de junio, Tsipras convocó un referéndum para el 5 de julio preguntando a la población si querían aceptar el tercer programa de rescate de la Troika. Esta votó ampliamente por rechazar someterse nuevamente a la Troika, pero en coherencia con la interpretación de Toussaint, Tsipras ignoró al pueblo de Grecia y capituló. Varoufakis abandonó el Gobierno justo antes de que esto sucediera y votó en contra del tercer rescate en el Parlamento. Este plan de ajuste no ha permitido a Grecia recuperarse y su población sigue sufriendo. Cinco años después, Syriza ya no está en el gobierno y la derecha corrupta y oligárquica de siempre, Nueva Democracia, vuelve a gobernar cómodamente.

Varoufakis, ciñéndose a su estrategia, rechazó dar ningún reconocimiento a la información de la auditoría de la deuda y ordenó que se siguiera pagando cada vencimiento

Toussaint, concluye el libro señalando que había una alternativa, que a pesar de ser arriesgada podía llevar al éxito. Esta hubiera consistido hacer cumplir los resultados de la auditoría de la deuda y rechazar así el pago de la deuda ilegítima u odiosa. Seguidamente se deberían haber puesto en marcha un plan de reconstrucción nacional y un plan contra la crisis humanitaria. También se debería haber establecido el control de movimiento de capitales para evitar su fuga, y puesto en marcha un sistema de moneda complementaria al euro. Esto solo podría funcionar con una potente movilización popular y un plan de solidaridad internacional, que buscara no supeditarse a las élites estadounidenses, chinas o rusas.

Toussaint atribuye correctamente a Yanis Varoufakis y Alexis Tsipras la responsabilidad en la falta de movilización ciudadana y en el insuficiente desarrollo de esta solidaridad internacional masiva y activa con Grecia. Para conseguir esto era necesario no solo reivindicar la democracia, como muy a menudo hizo Varoufakis en las negociaciones y en su libro, sino practicarla durante el camino para con la propia población griega y sus instituciones.

Si ustedes quieren una trepidante pero sesgada versión cinematográfica de lo acontecido en Grecia en 2015, con un superagente y su particular misión imposible, limítense a leer Conversación entre adultos. Si quieren ir a más allá y obtener una versión más completa, basada en hechos reales, entonces lean Capitulación entre adultos de Éric Toussaint.


Fuente: El Salto

Sergi Cutillas

Economista, fundador de Ekona. Miembro de la Plataforma Auditoría Ciudadana de la Deuda (PACD) y del Comité por la Verdad de la Deuda Griega.