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El 28 de febrero fue un punto de inflexión que inevitablemente tendrá consecuencias políticas. La fuerza que demostraron en las calles los trabajadores y trabajadoras, las masas populares y la juventud, con la enorme participación en las manifestaciones organizadas en todas las grandes ciudades, así como en muchas más pequeñas del país, fue realmente impresionantes. Sin embargo, la fuerza en las calles fue solo la punta del iceberg.
El 28 de febrero también hubo una importante huelga que trasladó la acción a todos los centros de trabajo. El cierre se impuso en todas partes: desde las grandes fábricas y los servicios de empleo masivo hasta los supermercados y las pequeñas tiendas de los barrios, e incluso en los clubes nocturnos y las academias privadas. Esta vez, los mecanismos patronales y todos los defensores de la estabilidad no se atrevieron a oponerse decididamente a una dinámica que sentían que, de todos modos, se impondría de manera explosiva.
El gobierno intentó encontrar un antídoto recurriendo a la represión, pero la policía antidisturbios, los gases lacrimógenos, las granadas aturdidoras y los cañones de agua, en lugar de sembrar el miedo, multiplicaron la indignación.
En este sentido, el 28 de febrero se convierte en un hito comparable con otros momentos de movilización que en el pasado cambiaron el curso de los acontecimientos políticos, como la gran huelga y las gigantescas manifestaciones que derrotaron la reforma del sistema de pensiones de Yannitsis, poniendo fin al gobierno socialliberal de los modernizadores de Simitis. O como las grandes huelgas y manifestaciones de la época de la lucha antimemorándum, que allanaron el camino para la caída del gobierno Samaras-Venizelos.
Obviamente, la comparación no tiene el propósito de evaluar o medir los eventos, sino de mostrar la analogía: la resistencia social desde abajo, cuando supera un cierto umbral de magnitud, se convierte en un factor político altamente influyente.
En el núcleo de esta gran movilización popular y obrera están, obviamente, los sucesos de Tempi. La conciencia de que la privatización del ferrocarril no solo provocó el colapso del sistema ferroviario, sino también una indiferencia criminal hacia la seguridad de las pasajeras y pasajeros. La constatación de que quienes nos señalan con el dedo exigiendo obediencia a la ley y el orden son unos hipócritas vulgares que, al mismo tiempo, encubren las actividades más ilegales y peligrosas de los conglomerados capitalistas y que, después de dos años, siguen alegando que «no es fácil» esclarecer un crimen que costó la vida a 57 personas.
Pero Tempi resume una experiencia social más amplia. La política de privatizaciones afecta de manera igualmente dramática a las escuelas, los hospitales, los puertos, los aeropuertos, etc. La inflación erosiona gravemente los ingresos populares y obreros, mientras que la rentabilidad de los capitalistas sigue batiendo récords y los ingresos fiscales del Estado superan, año tras año, las expectativas presupuestarias. El autoritarismo y la corrupción se han convertido en rasgos esenciales del aparato gubernamental en todos sus puntos de contacto con las necesidades de las y los trabajadores y el pueblo.
El estallido social en el segundo aniversario de la tragedia de Tempi marca un nuevo punto de partida para la resistencia masiva con el objetivo del cambio, frente a lo que podría llamarse el modelo 2011, es decir, la nueva ola de reformas neoliberales contra las y los trabajadores y la sociedad.
El punto clave para la continuación del 28 de febrero es la exigencia de revertir la privatización de los ferrocarriles. La demanda de reestatización de la Organización de Ferrocarriles de Grecia (OSE) [1], sin compensación a FdSI (Ferrovie dello Stato Italiane), y el traspaso del sistema ferroviario a un régimen de control público, democrático y obrero. Este paso tiene una dimensión política inmediata. Tras el crimen, el gobierno de Mitsotakis hizo todo lo posible por exonerar a FdSI de responsabilidades. Syriza, el partido que firmó la privatización de OSE, balbuceó algo sobre la «renegociación» del contrato con la empresa italiana. El Paso propuso la denuncia del contrato con FdSI, pero con una nueva licitación de venta, insistiendo en la privatización.
Todo esto es conveniente por muchas razones: las élites griegas, que han aprobado un colosal programa de gasto militar, solo asignaron el 0,75% de los fondos disponibles para el desarrollo al sistema ferroviario, mientras que Bulgaria destinó el 12,5% y Rumanía el 17,5%. Ahora, no se sabe si Mitsotakis podrá salvar el acuerdo con los italianos o si se verá obligado a romperlo para salvar la privatización.
Sin embargo, todas estas opciones y sus variantes intermedias deben ser arrasadas por la exigencia de la clase obrera y el pueblo de una solución acorde con las necesidades sociales. Y esa solución no puede ser otra que la reestatalización bajo control democrático, social y obrero.
Mitsotakis sale de este enfrentamiento debilitado. El cuestionamiento de su hegemonía, que comenzó tras las elecciones europeas de 2023 («el 41% ya no existe...»), se ha acelerado cualitativamente. Su dominio dentro de la derecha está puesto en cuestión con el auge de corrientes más radicales a su derecha que, aunque ridículas e indignas de confianza, siguen siendo peligrosas. Su liderazgo dentro de su propio partido también, con las oposiciones dentro de Nueva Democracia oscilando entre el posible retorno a un liberalismo social o una deriva hacia nuevas direcciones inspiradas en Trump. Incluso su credibilidad dentro de la clase dominante empieza a ser cuestionada: la sensación de que se está desinflando y que en las próximas elecciones no podrá proporcionar un centro de estabilidad gubernamental autosuficiente está alimentando la búsqueda de alternativas.
Por encima de todo, ahora Mitsotakis es reconocido por amplios sectores de trabajadores y del pueblo como un enemigo peligroso y detestable. La expresión de este sentimiento, con múltiples y diversos lemas el 28 de febrero en todos los rincones del país, es una gran advertencia de que ha comenzado su final.
No hemos llegado a ese punto y no se dará dentro del Parlamento. Los procedimientos de moción de censura y las solicitudes de comisiones de investigación solo tendrían sentido como formas secundarias y complementarias de una campaña política de la oposición con el objetivo de derrocar al gobierno. Pero ni el Poasok ni Syriza pueden hacerlo. Porque, en realidad, tanto Famelos (líder de Syriza) como Androulakis (líder de Pasok) están atrapados en los mismos límites que Mitsotakis: el acuerdo-marco del acuerdo de 2018 entre la élite griega, la UE, el BCE y el FMI, el acuerdo que falsamente se presentó como una «salida de los memorandos».
Mitsotakis caerá por su enfrentamiento con la oposición social desde abajo. El torrente que emergió el 28 de febrero continuará. Exigiendo el fin de las políticas de Mitsotakis en puntos críticos de su programa económico y social, se están escribiendo los términos de su propia caída y la de su gobierno. La tarea crucial de la izquierda en el próximo período será vincular este proceso de crisis política e inestabilidad con conquistas claras para nuestra gente, con demandas que respondan a las grandes necesidades de los trabajadores y del pueblo.
¡Una multitud sin precedentes destrozó la narrativa de Mitsotakis!
Algunas personas creían que la movilización masiva desde abajo había terminado para siempre. Que su trono gubernamental era inquebrantable y que podían hablar sin consecuencias. Desafortunadamente para ellas, pero afortunadamente para nosotros, se equivocaron rotundamente el 28 de febrero.
Ahora, de manera oficial, esta fecha ha quedado grabada en la memoria colectiva no como un día de luto silencioso, sino como una jornada de reivindicación y lucha. Lo que ocurrió el último día de febrero no tiene precedentes en la historia reciente de Grecia: más de un millón de personas salieron a las calles en todo el país, mientras que decenas de miles se manifestaron en ciudades del extranjero. Está claro que el gobierno de Mitsotakis ha perdido toda legitimidad.
En todas partes y para todos
Las cifras de las concentraciones fueron impresionantes. Solo en Grecia, hubo más de 260 convocatorias en ciudades y pueblos. Si bien las manifestaciones multitudinarias en Atenas, Tesalónica, Patras, Volos y Heraclión pusieron en jaque al gobierno, las protestas en las regiones también provocaron un terremoto político. Desde Evros hasta Creta, en cada ciudad, pueblo y aldea, se levantaron pancartas exigiendo justicia y castigo para los responsables. Sindicatos, asociaciones estudiantiles, comunidades escolares y organizaciones locales llenaron las calles de todo el país. El comercio se paralizó, las tiendas cerraron con carteles en sus puertas informando que no abrirían en solidaridad con las familias de las víctimas de Tempe. Desde niños pequeños con sus padres hasta ancianos con bastones, las calles y plazas quedaron abarrotadas, transformando el reclamo de justicia en un clamor popular en toda la extensión de la palabra.
Imágenes similares llegaban simultáneamente desde el extranjero. Hubo movilizaciones en casi todo el planeta, desde Tokio hasta Nueva York y desde Akureyri en Islandia hasta Buenos Aires. Se realizaron más de 120 concentraciones en ciudades fuera de Grecia con una participación masiva sin precedentes. Por toda Europa, estudiantes, las y los trabajadores e hijos de migrantes griegos protestaron en plazas centrales y frente a embajadas griegas, exponiendo al país ante la comunidad internacional, justo como temían Adonis Georgiadis, Afroditi Latinopoulou y Aris Portosalte. Medios globales como CNN, BBC, Reuters y The Guardian destacaron las manifestaciones en Grecia por el crimen ocurrido en Tempi dos años atrás. Mientras tanto, los altos cargos de extrema derecha del gobierno, que durante días provocaban a la población, atacaban a los familiares de las víctimas y defendían políticas basadas en la avaricia y la sangre, permanecían escondidos sin atreverse a hablar.
Energía y vitalidad
Quienes participamos en las protestas no olvidaremos fácilmente ese día, que marcó un punto de inflexión en un período de apatía política y movilización social reducida. La gente volvió a llenar las calles con una unanimidad sin precedentes. En Atenas, la policía intentó minimizar la multitud, estimándola en 170.000 personas, cuando la manifestación se extendía desde Syngrou hasta la avenida Alexandras y desde el Hilton hasta Monastiraki. No es exagerado decir que en Atenas se reunieron cerca de un millón de personas a lo largo del día. Se necesitaba aproximadamente una hora para recorrer la distancia entre la estatua de Kolokotronis y la calle Mitropoleos, reflejando la densidad de la multitud y su determinación de estar presentes en Syntagma cuando más importaba. Pero éramos tanta gente que no cabíamos en la plaza. A pesar de la prohibición de las autoridades de usar drones para captar la magnitud de la protesta, algunos pilotos lograron grabar imágenes impactantes. Incluso en tomas panorámicas, la multitud era imposible de captar en su totalidad.
Cientos de pancartas de sindicatos, asociaciones estudiantiles y organizaciones políticas llenaban el espacio. Niños con carteles pidiendo justicia, padres con letreros responsabilizando al gobierno y ciudadanos exigiendo la dimisión de Mitsotakis crearon un ambiente de dinamismo que difería de las protestas de enero. Ya no se trataba solo de solidaridad con los familiares de las víctimas; ahora era una lucha activa contra el gobierno del crimen y la impunidad. Pese a los intentos de despolitizar la movilización, esto no fue posible. Docenas de banderas palestinas, pancartas feministas, consignas antifascistas y mensajes sobre la masacre de Pylos acompañaban las demandas principales. No es casualidad que, además de los familiares de las víctimas, también estuvieran presentes Magda Fyssa y la madre de Kyriaki Griva. Un entramado de solidaridad, expresión colectiva y lucha se desplegó ante el parlamento.
Masividad y determinación
No es exagerado decir que el comercio quedó paralizado aquel día y que la sociedad recobró vida. Desde grandes centros nocturnos en la costa hasta pequeñas tiendas de migrantes en Acharnae, todo cerró. Al mismo tiempo, taxistas voluntarios transportaban gratuitamente a los manifestantes al centro, ya que las estaciones de trenes estaban desbordadas y se necesitaban varios convoyes para que la gente pudiera abordar. Incluso los empresarios más intransigentes y las corporaciones multinacionales se vieron obligados a realizar gestos simbólicos de solidaridad, mientras que el número de trabajadores y trabajadoras que se sumaron a la huelga batió récords históricos. Quedó claro que la propaganda de Georgiadis y Voridis sobre supuestos disturbios y una inminente desestabilización del país no logró infundir miedo; al contrario, la población acudió en masa sin dudarlo. Si algo quedó claro ese día es que el miedo cambió de bando.
Y cuando la zanahoria no funciona, llega el látigo. Después de los discursos, la policía desató nuevamente su brutalidad para dispersar y desacreditar el mensaje del día. Se lanzaron gases lacrimógenos y granadas de estruendo sobre la multitud, con más de cien detenciones y arrestos indiscriminados. Fueron agredidos periodistas mientras que las prácticas paramilitares de las unidades antidisturbios recordaban épocas en las que el sistema temía la ira popular. Sin embargo, a pesar de la violencia, la multitud resistió y volvió a Syntagma, que se había convertido en un campo de batalla. El punto álgido de la represión fue el uso de cañones de agua contra manifestantes pacíficos frente al monumento al Soldado Desconocido, una acción tan desproporcionada que incluso el presentador Nikos Evangelatos se preguntó en vivo por qué estaba ocurriendo. La gente respondió de la mejor manera posible: permaneció en la plaza hasta las 11:20 de la noche, la hora exacta de la colisión de los trenes en Tempe. Así concluyó un día que cambió para siempre el panorama político del país.
La necesidad de continuar
Es crucial que el 28 de febrero no quede como una simple catarsis de un día, sino que se transforme en una lucha consciente y organizada. El gobierno de Mitsotakis está acorralado y paga el precio de sus crímenes, su incompetencia y sus despiadadas políticas neoliberales. La imagen artificial de una Grecia próspera con un 41% de apoyo, supuestamente libre de las patologías izquierdistas del pasado, se derrumbó como un castillo de naipes. Mitsotakis está atrapado en sus propias contradicciones.
Es vital que los procesos sociales desde abajo generen contenido político, involucren a quienes buscan una voz y revitalicen el escenario político con una orientación radical de izquierda. La frase no tengo oxígeno, que se escuchó dentro de los vagones del horror, resuena ahora en cada hogar del país. La sociedad clama desesperadamente por un respiro de libertad y esperanza en un contexto de represión y políticas neoliberales asfixiantes. Es deber de la izquierda radical escuchar, hablar y conectar con quienes tomaron las calles el 28 de febrero. Es nuestra responsabilidad retomar el hilo de la lucha, la verdad y la justicia.
Fuente: vientosur.info
[1] La empresa estatal que anteriormente gestionaba la red ferroviaria del país. En 2017, como parte de las privatizaciones exigidas por los acreedores internacionales, la filial de transporte de pasajeros y mercancías de OSE, TrainOSE, fue vendida a Ferrovie dello Stato Italiane (FdSI). Sin embargo, OSE todavía es responsable de la infraestructura ferroviaria (vías, estaciones, señalización, etc.), mientras que TrainOSE (ahora llamada Hellenic Train) opera los trenes.
es uno de los dirigentes de la organización griega DEA (Izquierda Obrera Internacionalista), una de las componentes de la izquierda de Syriza.
Es miembro de la redacción Rproject, DEA