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África se desindustrializa debido al exceso de producción de China y los aranceles de Trump
por Patrick Bond
7 de enero de 2026

Al cierre de un año en el que los problemas económicos subyacentes de África siguen agravándose, la cumbre del G20 celebrada en Johannesburgo los días 22 y 23 de noviembre fracasó estrepitosamente en su mandato [1] de reducir la deuda externa del continente y garantizar la disponibilidad de subvenciones adecuadas para la financiación climática. Sin embargo, incluso mientras las cadenas de valor de la economía mundial sufren una deformación debido a los caprichosos aranceles de Donald Trump, las ambiciones de la tan esperada industrialización de África se articulan regularmente basándose, bien en copiar una estrategia basada en los talleres clandestinos de Asia Oriental, repleta de zonas económicas especiales dada la gran cantidad de mano de obra joven y desesperada del continente, o bien en añadir valor a las materias primas locales.

En ambos casos se expresa la esperanza de que a medida que se reduce la ayuda de Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Europea (UE), y aumentan las barreras comerciales, las economías de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica (BRICS) acudan al rescate, sobre todo porque hay un patrocinador benigno —Pekín— que está a la espera y es perfectamente capaz de invertir las tendencias actuales.

En un artículo publicado el 18 de diciembre [2], el director del instituto de investigación Tricontinental, Vijay Prashad, recordaba cómo «en el Foro de Cooperación China-África (FOCAC) de 2015 celebrado en Johannesburgo (Sudáfrica) el Gobierno chino y cincuenta Gobiernos africanos debatieron el problema del desarrollo económico y la industrialización. Desde 1945 la cuestión de la industrialización africana ha estado sobre la mesa, pero no ha avanzado debido a la estructura neocolonial que ha impedido cualquier transformación estructural seria».

Es cierto que las relaciones de dependencia africanas de la época colonial y del período inmediatamente posterior a la colonización persistieron gracias al poder de las economías occidentales sobre las exportaciones del continente, los mercados mundiales de materias primas y las cadenas de valor incipientes, a través de la fragmentación y la extensión de los sistemas de producción corporativos. Solo surgieron unos pocos lugares de acumulación de capital duradero en África a través de las fuerzas productivas asociadas con la manufactura.

Prashad explica: «Los países más industrializados del continente africano son Sudáfrica, Marruecos y Egipto, pero todo el continente representa menos del 2 % del valor añadido mundial de la industria manufacturera y solo alrededor del 1 % del comercio mundial de productos manufacturados. Por eso fue tan importante que el FOCAC situara la política industrial en el centro de su agenda, su Declaración de Johannesburgo de 2015 afirmaba que «la industrialización es imprescindible para garantizar el desarrollo independiente y sostenible de África».

Son buenas aspiraciones expresadas habitualmente en las reuniones de la élite africana con las potencias imperiales occidentales como la celebrada el mes pasado en Angola, donde 76 líderes de la UE y la Unión Africana [3] se reunieron en una importante cumbre con el objetivo de «fortalecer la integración económica continental y regional y acelerar el desarrollo industrial de África». Bla, bla, bla.

En la práctica, estos sentimientos tienden a verse abrumados por las leyes del movimiento del modo de producción capitalista; hoy en día, especialmente, por la búsqueda desenfrenada y cada vez más desesperada de beneficios y acceso a las materias primas por parte de las empresas chinas. Un nuevo libro defiende esta tesis (se puede descargar gratuitamente en inglés y francés aquí): The Material Geographies of the Belt and Road Initiative, editado por Elia Apostolopoulou, Han Cheng, Jonathan Silver y Alan Wiig.

(Por curiosidad dialéctica, aquí hay un enfoque completamente diferente de un podcaster neoliberal que argumenta que la «maldición de la sobreproducción» de China no es culpa del capitalismo, sino que se debe a «la fuerte intervención del gobierno, los débiles mecanismos de mercado y la falta de marcos legales que perpetúan las ineficiencias, con los gobiernos locales persiguiendo el PIB a través de subsidios y proyectos»).

Con un espíritu más crítico, pero nacionalista (y no solidario), uno de los principales aliados de Prashad aquí en Johannesburgo, Irvin Jim, del Sindicato Nacional de Trabajadores Metalúrgicos de Sudáfrica (NUMSA), hizo el mes pasado un sincero llamamiento contra «el dumping de automóviles de la India y China», cuyos fabricantes han multiplicado por 25 su cuota de mercado aquí desde 2018.

Por lo tanto, insiste Jim, «ya es hora de que aumentemos los aranceles». Sus quejas sobre la pérdida masiva de puestos de trabajo causada por las importaciones —que se analizarán en detalle en el próximo ensayo— sugieren que Prashad aún no está al tanto del daño de la desindustrialización causado por el Estado chino y sus capitalistas en los últimos años. Además, en un momento en que Occidente ha reducido sus propios paquetes de ayuda, deuda e inversión (ajustados a la inflación), los compromisos del FOCAC contraídos en 2015, que ascendían a unos 22 dólares por ciudadano africano, se redujeron casi a la mitad para 2024.

El implacable abuso occidental de África

Por supuesto, Washington es el principal responsable de la actual ola de miseria social y degradación económica que azota el continente y que, en la segunda mitad de 2025, contribuyó a los levantamientos sociales de la generación Z en Kenia, Túnez, Marruecos, Madagascar, Zambia y Tanzania. La combinación de los ataques económicos occidentales contra África y la codiciosa apropiación de recursos no debe ocultar cómo están decayendo los intereses imperiales de la Casa Blanca y el Departamento de Estado: la semana pasada, Trump retiró a 15 embajadores profesionales de carrera de los países africanos, que serán sustituidos por políticos partidarios de la política «America First».

Pueden surgir excepciones a ese desinterés por África, como la ruta de extracción del Corredor de Lobito, por la que se sacarán minerales por valor de 2 billones de dólares del este de la República Democrática del Congo (RDC) a través de un puerto angoleño. En un «acuerdo de paz» negociado a principios de este mes por Trump entre el líder de la RDC acusado de corrupción, Félix Tshisekedi, y el dictador ruandés Paul Kagame —que fue violado inmediatamente—, el presidente estadounidense anunció que pronto «enviaría algunas de nuestras mayores y mejores empresas a los dos países... vamos a extraer algunas de las tierras raras y algunos de los activos y pagar... y todo el mundo va a ganar mucho dinero».

Excepto los pueblos y las ecologías africanas, que una vez más son víctimas de lo que se puede denominar «intercambio ecológico desigual».

Ya en febrero, Trump y su antiguo compañero sudafricano Elon Musk habían eliminado la mayor parte de la ayuda alimentaria, médica y climática de emergencia de Estados Unidos a África, con un recorte especial para todos los contratos sudafricanos. Musk cerró la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional USAID, con un presupuesto de 64 000 millones de dólares, y la «echó a la trituradora», dejando en peligro la vida de muchos millones de personas (aunque posteriormente se reactivó parte del gasto en medicamentos contra el sida).

Luego vinieron los devastadores aranceles de Trump —en febrero, abril y agosto— seguidos por la desaparición en septiembre de la Ley de Crecimiento y Oportunidades para África (AGOA), que desde el año 2000 había otorgado a docenas de países africanos acceso libre de aranceles a los mercados estadounidenses. A pesar del contexto más profundo de las relaciones de dependencia asociadas a la AGOA —como señala el economista político Rick Rowden «las ganancias se debieron en gran medida a las exportaciones africanas de petróleo y otros minerales, no a los productos manufacturados»— estos últimos procesos de restricción del comercio fueron excepcionalmente perjudiciales, ya que acabaron con el 87% de las exportaciones de automóviles de Sudáfrica en la primera mitad de 2025.

El Banco Mundial concluyó sobre el caos arancelario de 2025 que «los impactos a nivel industrial pueden ser significativos en las actividades vinculadas a la cadena de valor mundial, en particular, los textiles y el calzado (Suazilandia, Kenia, Lesoto, Madagascar y Mauricio) y los automóviles y componentes (Sudáfrica)... La pérdida de la AGOA reduciría drásticamente las exportaciones a Estados Unidos. En promedio, las exportaciones disminuirían un 39 % si se suspendieran los beneficios de la AGOA a un país».

(Un proyecto de ley de la Cámara de Representantes podría obtener apoyo para reanudar la AGOA en 2026, pero sin el principal beneficiario industrial, Sudáfrica, debido a la hostilidad irracional de Trump. Las exportaciones de automóviles, acero, aluminio y muchos productos agrícolas a Estados Unidos se han desplomado).

Además, según el Banco Mundial otras fuentes occidentales de demanda de productos africanos también disminuirán pronto gracias a las «nuevas medidas reguladoras de Europa, como el Mecanismo de Ajuste Fronterizo por Carbono y el Reglamento de la UE sobre la Deforestación, «que imponen estrictos requisitos de cumplimiento a los exportadores de cemento, metales y productos agrícolas» a partir de principios de 2026. El Banco admite que «el cambio global hacia el “friendshoring o deslocalización aliada” en industrias estratégicas corre el riesgo de marginar a los proveedores africanos», lo que socava su mantra del «crecimiento» impulsado por las exportaciones.

En el frente de la lucha de clases, el Banco continúa: «El crecimiento de la participación del trabajo en la renta nacional registró una contribución negativa en 2000-2019: disminuyó a una tasa anual del 0,1 %. Este descenso refleja la adopción de tecnologías más intensivas en capital, una mayor participación en las cadenas de valor mundiales, la reducción del poder de negociación (relativo) de los trabajadores y un mayor poder de mercado de las grandes empresas en mercados de productos concentrados».

Se está produciendo en exceso, principalmente en China

Sin embargo, la crisis general que afecta a la economía mundial, y no solo a la de África, puede calificarse de «sobreacumulación de capital», algo que Karl Marx identificó en El capital como el principal problema interno al que se enfrenta el capitalismo, debido a la tendencia a la sobreproducción en relación con el tamaño del mercado. A partir de ese proceso, podemos comprender mucho mejor las tensiones geopolíticas.

Como sugirió recientemente el sociólogo de sistemas mundiales Ho-fung Hung, «la intensificación actual de la rivalidad entre Estados Unidos y China se asemeja más a la rivalidad interimperialista de hace un siglo, impulsada por la sobreacumulación del poder capitalista en ascenso —es decir, China— que a la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética».

A finales de 2025 es evidente que existe un exceso de capacidad productiva en China, dadas las limitaciones de la fracturada economía mundial para absorber los excedentes a través de diversas formas de consumo y deuda, que ahora se encuentran en niveles de saturación en muchos países.

El exceso de capacidad se manifiesta de diversas formas, ya que el capital se aleja de la inversión fija duradera en muchos entornos y a menudo, se dirige hacia burbujas financieras extremas debido a los mayores beneficios especulativos. Cuando se produce la crisis, si el Estado es lo suficientemente fuerte, esos flujos de crédito pueden revertirse, como ilustra el colapso de Evergrande en China en 2021-22 (tras el cual los gestores estatales del capital sobreacumulado redirigieron de forma autodestructiva los préstamos bancarios hacia la industria manufacturera).

El nerviosismo sobre la durabilidad de la financiarización que inevitablemente sigue a la sobreproducción se refleja en el aumento vertiginoso del precio del oro, que ha pasado de 250 dólares la onza hace 25 años a la increíble cifra de 4500 dólares la onza en la actualidad. También hay nuevas pruebas, en muchas economías nacionales, de nuevas oleadas de desindustrialización, altos niveles de desempleo y subempleo y caídas en las tasas de beneficio [4].

Sin embargo, en la mayoría de los casos, el exceso de capacidad es la señal principal, como lo demuestran algunos ejemplos sectoriales cruciales:

  • la producción mundial de acero [5] de casi 1900 millones de toneladas en 2024, frente a una capacidad de 2470 millones de toneladas (es decir, un 76 % de utilización de la capacidad), con un aumento estimado de otro 10 % del exceso de capacidad en 2025, hasta alcanzar los 680 megatoneladas
  • en el sector químico, Bloomberg News informó a principios de diciembre: «una oleada de nuevas plantas petroquímicas chinas está suscitando el temor a una avalancha de exportaciones que ejercerá presión sobre otros países productores que ya están luchando contra el exceso de oferta» debido a «siete enormes centros petroquímicos... que crean un exceso de oferta mundial que podría aumentar aún más si se ponen en marcha más plantas previstas» en un momento en que, en 2025, la producción de polietileno aumentó un 18 %
  • la capacidad anual de vehículos de China [6], tanto con motor de combustión interna como con motor eléctrico, era de 55,5 millones de vehículos al año en 2024, pero solo se utilizó la mitad (ese año solo se produjeron 27,5 millones de vehículos), mientras que en 2025 se esperaba que la producción china alcanzara los 35 millones (todavía con una baja utilización de la capacidad), desplazando las ventas de otras economías y dejando al mundo con un aumento de la capacidad ociosa, ya que las ventas mundiales de vehículos se estancan en 90 millones
  • también en China, «la causa fundamental de las dificultades actuales del sector del cemento radica en el problema de larga data del exceso de capacidad, que ahora se ha visto amplificado por la menor demanda del mercado» desde 2021 «debido a la disminución de la inversión inmobiliaria y a la ralentización de la construcción de infraestructuras», según la Federación China de Materiales de Construcción
  • los paneles solares fotovoltaicos generaron casi 600 GW de nueva energía en 2024 casi 600 GW de nueva energía en 2024, principalmente en China, pero en ese momento había más de 1000 GW de capacidad de fabricación anual y para almacenar la energía se produjeron baterías de iones de litio a una escala de 2,5 TWh en 2023, pero en 2024 había 3 TWh de capacidad y se preveía alcanzar los 9 TWh en 2030, en un momento en que se esperaba que la demanda aumentara solo hasta los 5 TWh

(La energía renovable ofrece una curiosa forma de «exceso de capacidad» capitalista, ya que esta descripción obviamente merece comillas: en aras de la cordura ecológica es un término erróneo. Se necesita urgentemente mucha más capacidad para instalarla en todos los rincones de la Tierra, pero a un precio asequible. Y cada vez es más evidente que ni siquiera la producción masiva en China puede reducir los precios hasta el punto de que el capitalismo pueda salvarse de la catástrofe climática, dada esta disyuntiva).

Como resultado de la sobreinversión en sectores clave, la burbuja financiera y la agitación comercial, el capitalismo mundial está sufriendo actualmente el peor caso de sobreacumulación de la historia económica registrada. En un informe reciente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) se ilustra el alcance de la reciente sobreproducción procedente de China comparando las tasas de inversión de sus empresas (y también de las filiales de empresas multinacionales allí ubicadas) con las de otros lugares. La economía china ocupa un liderazgo evidente en los sectores de la «nueva economía», en medio de un auge general de la inversión que siguió a la reciente reorientación de Pekín de los préstamos bancarios hacia la industria manufacturera.

Sin embargo, aún está por ver si esta inversión puede justificarse por una rentabilidad sostenida, ya que, las tasas de China son más bajas que en otros países, especialmente en varios sectores (principalmente de la vieja economía), como los semiconductores, los fertilizantes, los productos químicos, el aluminio, el acero y la aeronáutica y la defensa.

Una de las razones de la sobreproducción de esos bienes es la ambición y la capacidad del Estado chino para redirigir los flujos de crédito, a menudo a tipos inferiores a los del mercado, como se puede observar en el crecimiento interanual de los préstamos de Pekín a sus propias empresas. Se trata de un caso revelador en el que las políticas públicas amplifican las contradicciones subyacentes del capitalismo (el clásico sesgo «procíclico» del neoliberalismo). Así, tras los aumentos interanuales de principios de 2019 en los préstamos al burbujeante sector inmobiliario chino, que alcanzaron el billón de dólares en el momento álgido de la caótica especulación inmobiliaria de la economía, los préstamos cayeron rápidamente en 2021 hasta alcanzar un crecimiento interanual nulo a principios de 2024, que contribuyó al estallido de la burbuja.

Por el contrario, el crecimiento interanual de la financiación de la industria manufacturera china aumentó desde los niveles estables de entre 60 000 y 90 000 millones de dólares en el periodo 2016-2020 y, de repente, a finales de 2023 se concedieron nuevos préstamos a la industria manufacturera por valor de 700 000 millones de dólares (en comparación con el año anterior).

Estas tendencias parecen haber continuado, si las estadísticas del Banco Popular de China son precisas; en septiembre, su personal informó: «los préstamos pendientes a medio y largo plazo al sector manufacturero registraron un aumento interanual del 15,9 %. En concreto, los préstamos pendientes al sector manufacturero de alta tecnología aumentaron un 13,4 % interanual».

Por lo tanto, en 2024-25 la producción manufacturera en China ha sido formidable, con un crecimiento anual de casi el 6 % (más de diez veces el aumento global de la producción manufacturera del 0,6 % en 2024 y tres veces el aumento previsto para 2025 del 1,9 %). El resultado es un superávit comercial en 2025 que por primera vez superó el billón de dólares.

Pero es fundamental tener en cuenta las características sistémicas, porque en este proceso de servir a las cadenas de valor capitalistas globales «China ha realizado grandes transferencias de valor a través del comercio y la inversión al bloque imperialista», según el economista marxista Michael Roberts.

Esto es bastante obvio, pero también países periféricos como la República Democrática del Congo han realizado grandes transferencias de valor al capitalismo chino en primer lugar, mediante el agotamiento de los recursos no renovables por parte de los trabajadores congoleños, que no reciben una compensación adecuada (ya sea a través de regalías o de diversas formas de reinversión de beneficios) privando así a las generaciones actuales y futuras de la riqueza natural; en segundo lugar, a través de las emisiones masivas de gases de efecto invernadero, cuyo coste analizamos más adelante y en tercer lugar, a través de la contaminación local, que en muchos casos puede ser extrema. Todas estas características contribuyen al papel de China como potencia subimperial.

¿Puede la industrialización liderada por China salvar a África?

¿Cómo aborda China su excesiva inversión local y sus insostenibles superávits comerciales?

Una estrategia obvia que se ha aplicado desde principios de la década de 2010 es que las empresas intenten «salir» de sus lugares inmediatos de sobreacumulación, siguiendo la iniciativa de la Franja y la Ruta. Esto ha incluido el establecimiento de conexiones mucho más sólidas con los mercados africanos, lo que a su vez debería permitir un aumento de las exportaciones africanas.

Este proceso coincide, insiste Ho-fung Hung, con «la creciente competencia entre el capital chino y el capital estadounidense en todo el mundo después de que China comenzara a exportar agresivamente su capital sobreacumulado al resto del mundo a raíz de la crisis financiera mundial de 2008».

Por el contrario, en el extremo optimista del espectro, Prashad sostiene que «la capacidad industrial de China se pondría al servicio de las necesidades de industrialización de África mediante la creación de empresas conjuntas, parques industriales, un fondo de cooperación y mecanismos para la transferencia de tecnología y ciencia. El comercio entre África y China ha aumentado de 10 000 millones de dólares en 2000 a 282 000 millones en 2023. En 2024, el Gobierno chino elevó su relación con los Estados africanos a «asociaciones estratégicas», lo que permitió una mayor cooperación. Ahora tenemos un caso de prueba para ver si la cooperación Sur-Sur puede generar una industrialización soberana que rompa con los viejos patrones de saqueo y dependencia».

Pero en el extremo pesimista hay demasiados ejemplos de efectos adversos del capitalismo chino en África: desindustrialización por inundar los mercados locales con excedentes (como denuncia el Sindicato Nacional de Trabajadores Metalúrgicos de Sudáfrica NUMSA), especialmente como desplazamiento de los aranceles de Trump, promesas incumplidas sobre inversiones en zonas económicas especiales, corrupción descarada e impune, préstamos excesivos con recortes repentinos en las líneas de crédito y comportamiento corporativo atroz, especialmente en las industrias extractivas, incluyendo daños ecológicos extremos.

Hay un caso que merece más atención: la rápida desindustrialización de Sudáfrica que se está produciendo en los últimos meses debido al «dumping» (venta por debajo del coste de producción) del capital sobreacumulado chino, según afirma no solo el Gobierno de Pretoria, que en los últimos meses ha sancionado la importación de acero, neumáticos, lavadoras, tornillos y tuercas con nuevos aranceles, sino también al Sindicato NUMSA, normalmente muy pro-China, que quiere lo mismo para los automóviles En Sudáfrica, la ratio fabricación/PIB era del 24 % en 1990 y ahora ha caído hasta el 13 %.

La formidable competencia de los productos chinos significa que las economías africanas mencionadas por Prashad como los principales centros de producción industrial del continente, además de las más pobladas (Nigeria), no han mejorado sus ratios de fabricación/PIB desde el auge de la industrialización del FOCAC en 2015. La mayoría de esos ratios, como el de Sudáfrica, ya se habían desplomado en la primera ronda de liberalización comercial de la década de 1990.

El caso de prueba óptimo que muchos señalaron a mediados de la década de 2010 como el centro de industrialización más avanzado de África fue Etiopía, gracias a la repentina aparición de fabricantes, en su mayoría talleres clandestinos en Addis Abeba, cuyos productos se beneficiaron de la nueva línea de tren al puerto de Yibuti, construida con la ayuda de Pekín. Como resultado de la afluencia de empresas chinas dedicadas a la producción local de ropa, textiles, calzado y otros productos de la industria ligera, la industria manufacturera/PIB de Etiopía aumentó rápidamente desde el 3,4 % en el punto más bajo de 2012 hasta el 6,2 % en 2017.

Sin embargo, esa proporción cayó posteriormente al 4,3 % en el período 2021-24. Como explicó el Fondo Monetario Internacional, «la proporción de productos manufacturados, como textiles, cuero y productos cárnicos, en el total de las exportaciones había crecido hasta el 13,5 % en el año fiscal 2018/19, partiendo de una base pequeña, pero luego disminuyó drásticamente hasta alrededor del 4 % en los primeros nueve meses del año fiscal 2024/25, debido a la pandemia, el conflicto, la suspensión de la AGOA y la escasez de divisas, que limitó la disponibilidad de importaciones intermedias».

Esa escasez de divisas fuertes provocó una grave crisis financiera a finales de 2023, cuando el régimen de Addis Abeba se declaró en quiebra por los préstamos extranjeros pocos días antes de que el país se incorporara oficialmente a la red BRICS. Como consecuencia del impago Etiopía no pudo inicialmente convertirse en miembro oficial del Nuevo Banco de Desarrollo del BRICS para posibles inyecciones de crédito en moneda fuerte (casi el 80 % de los préstamos de ese banco son en dólares o euros) aunque está previsto que se incorpore en algún momento.

A mediados de 2024 un paquete de 2560 millones de dólares del Fondo Monetario Internacional impuso a los etíopes todas las medidas clásicas del Consenso de Washington, incluida una depreciación de la moneda del 50 % destinada a estimular las exportaciones manufactureras. De hecho, en 2025 comenzó aparentemente una reactivación de las exportaciones de productos fabricados en talleres clandestinos orientados a los mercados de consumo chinos y Pekín inició conversaciones para convertir potencialmente 5400 millones de dólares de sus préstamos denominados en dólares a Etiopía en yuanes a finales de 2025, sobre los que se pagaría un tipo de interés más bajo. A finales de 2023, Etiopía tenía una deuda con China de 7400 millones de dólares de su deuda externa total de 28 000 millones de dólares (con 15 300 millones de dólares adeudados a instituciones financieras internacionales [7]).

Pero en Etiopía, y en toda África en general, las reservas de divisas se han reducido debido a las vicisitudes de los Estados del Norte Global y las instituciones multilaterales. Para todos los receptores la ayuda se redujo en 2024 en un 9 % y en 2025 hasta en un 17 % [8]. El año álgido de la ayuda al desarrollo exterior para África fue 2020, con 73 000 millones de dólares, pero desde que Rusia invadió Ucrania en 2022 las capitales europeas y Londres han sustituido gran parte de la ayuda a África por presupuestos militares más elevados.

¿Intervendrá Pekín? En conjunto, la ayuda, las inversiones y los préstamos de China a África también han disminuido desde los máximos alcanzados a mediados de la década de 2010, lo que también ha afectado a las reservas de divisas de los Estados. Los nuevos préstamos públicos y garantizados públicamente de China a África se desplomaron de 32 000 millones de dólares en el año pico de 2016 a 1000 millones de dólares en 2022. La deuda externa africana a finales de 2025, que asciende a 1,3 billones de dólares, incluye182 000 millones de dólares en préstamos públicos y garantizados públicamente conocidos de Pekín.

Los investigadores de AidData recuerdan que China tomó la decisión en 2021 de financiar 128 operaciones de préstamos de rescate en 22 países de bajos ingresos que se enfrentaban a una situación de sobreendeudamiento, con un coste de 240 000 millones de dólares. Entre ellos se encontraban cinco Estados africanos —Angola, Sudán, Sudán del Sur, Tanzania y Kenia— a cuyos prestatarios de bajos ingresos «se les ofrecía una reestructuración de la deuda que implicaba un período de gracia o prórroga de la fecha de reembolso final, pero sin dinero nuevo, mientras que los países de ingresos medios tendían a recibir dinero nuevo a través del apoyo a la balanza de pagos (BOP) para evitar o retrasar el impago... Estas operaciones incluyen muchas de las denominadas «renovaciones», en las que los mismos préstamos a corto plazo se prorrogan una y otra vez para refinanciar las deudas que vencen».

Sin embargo, el FOCAC de 2024 denominó más flujos financieros en la moneda china, lo que podría facilitar el comercio, aliviar la escasez de divisas y reducir los costos de transacción. Sin embargo, el diablo se esconde en los detalles, ya que, en contra de toda la lógica argumentada anteriormente, según el Centro para el Desarrollo Global, que es generalmente neoliberal y acoge con satisfacción los préstamos chinos:

«Entre 2015 y 2021 los acreedores comerciales contribuyeron con aproximadamente un tercio de todos los compromisos de préstamos chinos durante ese período. Estos prestamistas comerciales superaron a los bancos políticos entre 2018 y 2021... [y] están orientados al mercado, con préstamos más caros y con vencimientos más cortos que sus homólogos estatales. Su necesidad de mitigar el riesgo, normalmente a través de Sinosure, eleva aún más los costes de financiación. Durante los próximos cinco años, la continuación de esta tendencia, en la que los prestamistas comerciales chinos se convierten en un segmento cada vez más importante de los préstamos a África a tipos no concesionales, no hará sino aumentar los riesgos de sobreendeudamiento».

Así pues, las tendencias generales sugieren que, dada la extrema sobreacumulación de la industria manufacturera china este año, mientras los aranceles de Trump causan el caos en un momento en que la Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda se agota, no hay motivos para esperar que la FOCAC, como espera Prashad, «genere una industrialización soberana que rompa con los viejos patrones de saqueo y dependencia». Los africanos deberían prepararse para lo contrario.

Descenso de los compromisos del FOCAC, 2006-24

Ciclo del FOCAC Compromiso nominal (miles de millones de dólares USA) Compromiso ajustado a la inflación (2024, en miles de millones USD) Anualizado (miles de millones USD en 2024/año) Población africana (miles de millones) Per cápita (2024 USD/persona/año)
2006 5,0 7,78 2,59 0,952 2,72
2009 10,0 14,62 4,87 1,028 4,74
2012 20,0 27,33 9,11 1,10 8,28
2015 60,0 79,41 26,47 1,220 21,69
2018 60,0 74,95 24,98 1,310 19,07
2021 40,0 46,31 15,44 1,394 11,08
2024 50,7 50,70 16,90 1,495 11,31

Fuente: http://www.focac.org/eng/

Otro factor que ha afectado negativamente a los ingresos en divisas fuertes de África es el desplome de la mayoría de los mercados de materias primas energéticas y minerales tras los máximos alcanzados en mayo de 2022 (con excepciones notables como el oro y el platino). Como resultado, en todo el continente hay menos divisas disponibles para pagar la deuda, especialmente cuando se ve agravada por las subidas de los tipos de interés impuestas por la Reserva Federal de los Estados Unidos entre 2022 y 2024.

En 2025, los nuevos aranceles de Trump sobre las exportaciones africanas a los Estados Unidos representaron un gravamen global del 10 % en abril, seguido de importes más elevados para muchos países en agosto (por ejemplo, Sudáfrica con un 30 %). Las remesas anuales, que suelen pagar los trabajadores migrantes africanos que viven en países extranjeros a sus familias en su país de origen, aumentaron en este periodo de 66 000 millones de dólares a 110 000 millones en 2024, pero no se espera que sigan aumentando debido al aumento de la xenofobia occidental.

¿Están las empresas chinas saqueando África?

En este contexto desesperado, la experiencia de los talleres clandestinos de Etiopía no podría calificarse genuinamente de «industrialización soberana», sin duda Prashad estaría de acuerdo. Tampoco ningún africano —ni ningún observador comprensivo— debería tolerar el saqueo de muchas economías por parte de la industria extractiva liderada por China, que no solo provoca un daño ecológico extremo en términos generales, sino también una serie de escándalos específicos y resistencia social.

Como se ha señalado anteriormente, suelen haber tres categorías que considerar: las reparaciones ecológicas debidas al agotamiento de los recursos no renovables, las emisiones de gases de efecto invernadero y otras formas de contaminación localizada.

Michael Roberts reconoce en un útil ensayo sobre el ecologismo [9] «una batalla continua del capital por controlar y reducir los precios crecientes de las materias primas, ya que los recursos naturales se agotan y no se renuevan, lo que añade otro factor a la tendencia a la caída de la tasa de beneficio».

Y en un análisis coescrito en 2021 sobre la «Economía del imperialismo moderno», Roberts sostiene [10]:

«El colonialismo y el imperialismo moderno no se excluyen mutuamente. El colonialismo es la apropiación de los recursos naturales, la ocupación militar, el control estatal directo de las colonias y el robo por parte de los países imperialistas de productos no producidos de forma capitalista. Pero el colonialismo contiene en sí mismo los gérmenes del imperialismo moderno. Se trata de la apropiación por parte de los capitales de los países imperialistas de la plusvalía producida por los capitales de las colonias a través del comercio de productos básicos con alto contenido tecnológico producidos en los países imperialistas por materias primas producidas de manera capitalista o bienes industriales producidos con menor contenido tecnológico en los países dominados. El resultado es un intercambio desigual, la apropiación de la plusvalía internacional a través del comercio internacional».

Roberts concluye que la economía china conserva una participación relativamente baja —y ahora en rápido descenso— en los beneficios de la cadena de valor mundial debido a los procesos de intercambio desigual. Los departamentos de distribución, comercialización, financiación e investigación y desarrollo de las sedes centrales de las empresas occidentales exprimen el dinero que, de otro modo, podría pagarse tanto a los trabajadores chinos y congoleños como a las comunidades mal remuneradas por su trabajo en la extracción de materias primas, en sistemas de producción superexplotadores y en el transporte de mercancías.

Hay quien, desde la izquierda, se opone a una crítica basada en parte en la colaboración imperial-subimperial en el saqueo de África. El año pasado, los colegas de Prashad en Tricontinental ofrecieron una visión diferente de la RDC [11] basada en la competencia entre los chinos, por un lado y por otro, empresas occidentales como Glencore, con sede en Suiza y cotizada en Londres (cuya mayor parte de su capitalización de 70 000 millones de dólares está registrada en la Bolsa de Johannesburgo) y la canadiense Ivanhoe. Los autores de Tricontinental afirman que «por lo tanto, los intereses chinos radican en mantener el procesamiento de minerales y metales dentro de la RDC y construir una base industrial para el país».

Esta conclusión contraintuitiva se basa en cómo, según la interpretación de Tricontinental, «la entrada del Estado chino y de empresas privadas chinas en África durante las últimas dos décadas ha supuesto una competencia para los países del Norte Global y sus empresas mineras. Era la primera vez que estas multinacionales se enfrentaban a una competencia directa, un cambio que proporcionó al Gobierno congoleño el margen para modificar el código minero en 2018 en términos más beneficiosos».

Admitiendo que en el proceso las empresas chinas obtuvieron «el control de quince de los diecisiete complejos mineros de la RDC», los autores de Tricontinental recurren a esta justificación: «En el debate sobre el extractivismo, el Norte Global con la mirada puesta en promover su propia agenda, se ha fijado en el papel de China en la región como principal consumidor mundial de cobalto, del que utiliza casi el 80 % en su industria de baterías recargables. Sin embargo, lo que a menudo se omite en el debate es que, como el mayor país fabricante del mundo, China utiliza los minerales y metales congoleños para producir bienes que se consumen en todo el mundo, incluidos la RDC y el Norte Global».

De hecho, esta ubicación subimperial dentro de las cadenas de valor mundiales hace que China sea objeto de críticas por el intercambio ecológico desigual. Porque detrás de la necesidad general de extracción de recursos y procesamiento (limitado) de minerales que se lleva a cabo en África, se esconden condiciones escandalosas. Sin caer en la sinofobia, conviene recordar algunos de los casos más destacados, porque Pekín simplemente no responde a la evidente necesidad de poner freno a los abusos de las empresas chinas en el marco de la iniciativa «Un cinturón, una ruta»:

  • en noviembre, en la República Democrática del Congo, Congo Dongfang International Mining vertió contaminantes tóxicos en el río Lubumbashi, cerca de la segunda ciudad más grande del país, mientras que en la cercana Kalando, los mineros informales (el 75 % de los cuales en toda la República Democrática del Congo venden sus productos a compradores chinos) sufrieron al menos 50 muertes en un derrumbe de la ladera de una montaña que obligó al Gobierno a prohibir el procesamiento artesanal de minerales de cobre y cobalto, a raíz del impago de miles de millones de dólares en regalías al Gobierno por parte de Zhejiang Huayou Cobalt, Ningxia Orient, JiuJiang JinXin y Jiujiang Tanbre, todas ellas dentro de la cadena de suministro de Apple, lo que a su vez dio lugar a una importante demanda por parte del régimen de Kinshasa y de una agencia de interés público estadounidense contra la empresa californiana, y a acusaciones similares de impago por parte de funcionarios de Kinshasa contra la mina de cobalto Tenke Fungurume, de China Molybdenum, caracterizada por su superexplotación
  • en febrero, en el cinturón del cobre de Zambia, la negligencia de Sino-Metals Leach y NFC Africa Mining provocó la rotura de una presa de lodos —con 1,5 millones de toneladas de lodos contaminados con cianuro y arsénico— en el río Kafue, lo que dio lugar a una demanda de 80 000 millones de dólares por parte de algunos de los 700 000 residentes afectados adyacentes a la principal vía fluvial interna de Zambia y la segunda región urbana más grande
  • en las minas de la República Centroafricana, la empresa Rado Central Coal Mining Company traficó con nigerianos en condiciones de esclavitud, a quienes no pagó durante un año en 2024-25
  • en Ghana, Shaanxi Mining extrajo oro de una manera que amplificó la crisis de la minería artesanal «galamsey»
  • en Zimbabue existen innumerables denuncias contra las minas chinas por el saqueo de 13000 millones de dólares en diamantes de Marange por parte de la empresa paraestatal Anjin, propiedad del ejército (como incluso denunció el presidente Robert Mugabe en 2016), por el asesinato de una docena de mineros artesanales de oro de Mutare en 2020 por parte de Zhondin Investments, por el desplazamiento masivo y la contaminación en la mina de carbón de Hwange por parte de Beifa Investments, por la minería ilegal en parques nacionales por parte de Afrochine Energy y Zimbabwe Zhongxin Coal Mining Group y por el incumplimiento por parte de Sinomine Resource Group de los requisitos de beneficio en la mina de litio más grande del continente en Bikita, además de otras mineras chinas de litio en Kamaviti, donde, como resultado, el director del Centro para la Gobernanza de los Recursos Naturales, Farai Maguwu, denunció a finales de diciembre: «Zimbabue es el mayor donante de China, y no al revés»
  • en Sudáfrica, la corrupción de la empresa ferroviaria paraestatal Transnet por parte de los proveedores chinos de locomotoras dio poder a la famosa familia Gupta, conocida por su «captura del Estado», mientras que en dos caóticas zonas económicas especiales, entre los inversores chinos se encontraban un saqueador de una mina zimbabuense incluido en la lista roja de la Interpol y dos fabricantes de automóviles (FAW y BAIC) que no cumplieron sus promesas de creación de empleo y producción
  • en las dos principales controversias sobre petróleo y gas en África, la empresa estatal China National Overseas Oil Corporation está construyendo un oleoducto calefactado (el más largo del mundo) desde el oeste de Uganda hasta el puerto de Dar es Salaam, en Tanzania, y la empresa estatal China National Petroleum Corporation (junto con sus socios ExxonMobil y ENI) invirtió en un proyecto de extracción de gas «metano sangriento» en el norte de Mozambique, que llevaba mucho tiempo retrasado, en medio de una guerra civil con la guerrilla islamista que desde 2017 ha desplazado a un millón de personas causando miles de muertos y en ambos casos, la ultra corrupta TotalEnergies lidera los proyectos.

Además de las violaciones de los derechos humanos estas prácticas representan formas evidentes de intercambio ecológico desigual, en las que las economías africanas pierden riqueza neta, incluso si las compras chinas de materias primas aumentan los niveles de divisas y la renta nacional, creando puestos de trabajo mal remunerados y proporcionando un mínimo de regalías, impuestos e infraestructura.

Sin embargo, los daños, que suelen superar esos beneficios, no se limitan a la contaminación y el desplazamiento local, ni al agotamiento permanente de los recursos no renovables, que empobrecen tanto a las generaciones actuales como a las futuras. Por ejemplo, en lugar de quemar carbón, gas y petróleo, sus hidrocarburos deberían dejarse bajo tierra y solo más tarde, si fuera necesario, explotarse para fines no combustibles (lubricantes, materiales sintéticos, productos farmacéuticos, etc.).

Además de estos daños, la extracción y el procesamiento de minerales también conlleva un enorme «coste social del carbono» causado por las emisiones de CO2 y metano en las minas y fundiciones. Esto debería tener un precio (mediante impuestos, no mediante el comercio de derechos de emisión de carbono) de alrededor de 1584 dólares por tonelada de CO2 (según un estudio reciente de la Oficina Nacional de Investigación Económica), lo que haría que gran parte de la actividad extractiva y de procesamiento, intensiva en contaminación, resultara antieconómica.

Este último daño creará nuevos deudores climáticos que «contaminan y pagan» en las economías africanas de bajos ingresos, si se toma en serio la opinión consultiva de la Corte Internacional de Justicia de julio de 2025 sobre las responsabilidades en materia de reparaciones socioecológicas. Tras la sentencia del tribunal contra los Estados que no limitan las emisiones de sus empresas, es inevitable que se produzcan muchos más litigios por deuda climática. A finales de 2024, Pekín y muchos otros gobiernos de países altamente contaminantes se opusieron a cualquier sentencia de responsabilidad porque, como insistieron conjuntamente las potencias imperialistas y subimperialistas, el Acuerdo Climático de París «no implica ni proporciona una base para ninguna responsabilidad o compensación».

La mejor oportunidad para que China pagara su deuda climática a África se presentó en septiembre de 2021, cuando Xi Jinping anunció que «China intensificará su apoyo a otros países en desarrollo para que desarrollen energías verdes y bajas en carbono, y no construirá nuevos proyectos de energía térmica a carbón en el extranjero».

Sin embargo, las energías renovables no solo siguen siendo un producto con ánimo de lucro, inasequible para la gran mayoría, sino que, además, en Zimbabue, los habitantes de la miserable ciudad minera de Hwange (cerca de las cataratas Victoria) saben que la promesa de Xi no era más que otra promesa climática incumplida, ya que allí se están construyendo varias centrales eléctricas de carbón chinas.

En resumen, a menos que el Estado chino comience repentinamente a regular las emisiones y el abuso de los recursos y las personas africanas por parte de sus empresas y encuentre formas creativas de pagar una amplia gama de reparaciones ecológicas, parece extremadamente improbable que los inversores chinos pongan en marcha una iniciativa de industrialización genuina.

Pero una vez establecido el contexto de culpa por el reciente episodio de subdesarrollo de África, tanto en la sobreproducción china como en los aranceles de Trump —entre los principales factores nuevos que amplifican los problemas existentes de dependencia de la exportación de materias primas, deuda excesiva, políticas de ajuste estructural y daño climático—, el próximo ensayo tendrá que evaluar diversas estrategias que están surgiendo entre algunos activistas africanos destacados, que van desde el crecimiento sucio nacionalista hasta el decrecimiento internacionalista en camino hacia el ecosocialismo.

Traducción: Fernanda Gadea


Patrick Bond

Profesor de economía política de la Escuela de Administración Pública de la Universidad de Wits (Johannesburgo) y Director del Centro para una Sociedad Civil de la Universidad de KwaZulu-Natal (Durban). Su libro más reciente es BRICS: An Anti-Capitalist Critique (co-editado con Ana Garcia), Pluto Press (London).